En Iztapalapa

Viajo en metro hacia Iztapalapa, al oriente de la Ciudad de México, porque asistiré como observadora a un curso para cuidadores de personas mayores. La línea 8 del metro corre a veces bajo tierra, a veces a cielo abierto. Como el vagón reservado a mujeres y niños está casi vacío, puedo dedicarme a contemplar el aire tan limpio y las nubes tan tiernas después del aguacero de anoche. Se suceden los nombres de estación en náhuatl: Iztacalco, casa de la sal. Apatlaco, donde el agua se ensancha. Aculco, donde tuerce el agua. Atlalilco, en el aljibe (vaya, para traducir el náhuatl he usado una palabra árabe): agua y sal, porque hace 400 años hubo aquí un lago salado. 

Debo bajar en la última estación y caminar hasta la biblioteca pública en donde Isabel, Marisol y Catalina, que son educadoras para la salud especialistas en gerontología, han reunido a 21 personas que cuidan de sus padres, de una abuela, de un cónyuge -porque en Mexico el cuidado de los adultos mayores que ya no son autosuficientes recae, en la mayoría de los casos, en la familia. Casi todas son mujeres, casi todas entre los 35 y los 50 años de edad. Cuando llego, están agrupadas de siete en siete, discutiendo sobre las redes de apoyo con las que cuentan en el día a día o en situaciones extraordinarias. El lugar es amplio y luminoso. Desde los estantes nos acompañan Don Quijote, el Leviatán de Hobbes , Madame Bovary, Sor Juana Inés (dos señoras que, como solía suceder en otros tiempos, no llegaron ni a experimentar la menopausia).

Isabel y Marisol hablan luego sobre tanatología, entendida como estudio del duelo por la pérdida de la salud o de un ser querido. Mientras explican las etapas del duelo según Kubler-Ross, miro a los asistentes. ¿Será realmente útil para ellos el famoso modelo de las 5 etapas? Como ninguno pregunta nada, no sé qué piensan. Pero recuerdo cómo los familiares de una persona mayor que comienza a perder la memoria suelen negar la evidencia – es que anda distraído, siempre ha sido así -. Cuando la negación se resquebraja, lo usual es que se enojen, con la enfermedad o con el enfermo. Aparece también el regateo como creencia de que si se hacen las cosas de cierto modo, se alejará el fantasma de la demencia. Más adelante, cuando el enfermo no puede ya valerse por sí mismo, vendrán la depresión y la aceptación. Como bien dicen las expositoras, las etapas no siempre van en orden, ni se las supera definitivamente. Yo he visto que con cada empeoramiento en el estado del enfermo o en la carga que la familia soporta, vuelven la cólera, los intentos de restablecer el estado anterior, la tentación de huir o de darse por vencido.

Todo esto vale para el cuidador, porque el enfermo de demencia pierde muy pronto la percepción de sus propias fallas. Sin memoria, no hay duelo. En cambio, a los cuidadores sí les duele el recuerdo de tiempos mejores de su enfermo. Y también les duele a muchos el recuerdo de la vida que querrían llevar y no pueden, atados como están a quien depende de ellos para todo. Así lo expresan algunas de las asistentes cuando comienza a hablarse de la sobrecarga del cuidador, ese estado de desesperanza  en el que caen quienes se olvidan de reservarse tiempo para el descanso y para el cultivo de amistades e intereses propios. Otros cuentan qué han hecho a lo largo del tiempo para comenzar cada día con buen ánimo: hay quien camina muy temprano en la mañana durante una hora entera, hay quien hace ejercicios respiratorios varias veces al día, hay quien ha emprendido en psicoterapia una exploración a fondo de su vida.

Terminamos el día meditando, sentados en círculo. A hurtadillas abro los ojos y miro los rostros de mis compañeros. Todos están quietos, los párpados entornados, escuchando muy atentos el rumor de agua que corre que Catalina ha traído en una grabación.

Iztapalapa, piedra labrada sobre el agua.

 

 

 

 

2 pensamientos en “En Iztapalapa

  1. Que experiencia….. tanto para pensar respecto a los cuidadores de la gente mayor, no solo el miedo a la pérdida de los seres queridos, la sobrecarga y las renuncias. Me vino a la mente cuando la madre tiene un bebe que depende de ella y tambien tiene que renunciar a muchas cosas de su vida, pero el termino de esa sobrecarga es distinto, en el caso del familiar que pierde capacidades el termino de la sobrecarga es la pérdida del ser querido, que difícil……

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  2. Myrna, así es, la dependencia del bebé es otra cosa -se vuelve menor con cada semana que pasa, por ejemplo, conforme el pequeño gana fuerzas y habilidades. Los cuidadores de gente mayor, en cambio, asisten al debilitamiento y desaparición de la persona a su cargo. Es importantísimo ayudarlos a ser resilientes. ¡Hasta pronto!

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