¿A quién no le ha pasado?

Cuando me entero de algún nuevo incidente en los puntos de entrada a los Estados Unidos hago fantasías furibundas en las que desembarco en alguna ciudad americana y me obligan a entregar mi teléfono, me detienen por horas en un lugar estrecho en donde todo es llanto y chirriar de dientes, me interrogan acerca de mi opinión sobre el presidente y me niegan la entrada al país cuando descubren que hace años atendí a una joven musulmana. Yo les digo sus verdades y me quitan la visa… Y entonces, ¡qué alivio, recordar que estoy en casa, que es sábado, que el mediodía se acerca y he de dar el punto al guiso!

¿A quién no le ha pasado, dejarse envolver en fantasías y sufrir y desesperarse como si las viviera realmente? Las mías son relativamente benignas: ni implican a personas de mi entorno, ni habrá ocasión de actuarlas porque no tengo planes de viajar, ni las encuentro más interesante que un buen libro. No me atrapan por más de dos minutos.

Pero hay quienes no pueden desprenderse de fantasías y obsesiones que los atormentan. No pueden dejar de rumiar que su pareja es infiel, que un hijo es víctima de un accidente. Y sufren casi como si estos males les ocurrieran en verdad. Ya no saben rescatarse de la pesadilla regresando al momento presente, e intentan calmarse constatando una y otra vez si el cónyuge recibe mensajes sospechosos, o exigiendo al hijo que llame por teléfono a cada rato.

Según las enseñanzas de Sigmund Freud, esta situación se debe a que abrigamos sentimientos ambivalentes hacia el objeto de nuestras preocupaciones: el temor de que suceda algo malo encubre un deseo inconsciente. Temo que mi hija tenga un accidente, pero a la vez quisiera que no se apartara nunca de mi lado, y así sería si ya no pudiera ella caminar. ¡Pero cómo me duele, imaginarla confinada a una silla de ruedas!

¿Qué le digo a esta mujer que me consulta porque no soporta el miedo de que a su hija de 29 años le pase algo en el camino a casa? En el instituto de psicoanálisis me enseñaron que debo invitarla a hablar libremente sobre sus temores y deseos, para llevarla a escucharse y a descubrir la raíz del sufrimiento. Llevarla a escucharse implica ayudarla a distanciarse de sus temores, a dejar de identificarse con ellos y observarlos. Llegar allí puede costar años de trabajo analítico.

Ahora creo que hay algo en el mismo método analítico que puede volver interminable el análisis, si no anda uno con mucho cuidado: cada revivencia de un mal recuerdo lo afianza más, cada evocación de un gran temor le confiere un  poder mayor si se pone el acento sobre la descripción minuciosa de sus contenidos. Si el analista se engolosina coleccionando indicios de fantasías inconscientes terribles, el analizando las producirá en abundancia y se sentirá cada vez peor. En cambio, si los dos cultivan la observación atenta y sin juicios del acontecer psíquico, el analizando aprenderá a escucharse sin escándalo, mirando con calma cualquier contenido que emerja y dejándolo fluir para dejar lugar al siguiente. Sólo entonces perderá fuerza la pesadilla.

A quién no le ha pasado, desear la muerte de alguien en un momento de cólera. No vale la pena detenerse en el asunto. Pero ¿habrá maneras de aprender a observarse con calma, diferentes del psicoanálisis? La semana próxima escribiré sobre cómo podemos servirnos de las prácticas contemplativas en psicoterapia.

 

3 pensamientos en “¿A quién no le ha pasado?

  1. Gracias Elena! Espero con ansia la continuación. Me dejaste pensando mucho en cómo lograr que el paciente pueda tomar distancia y la fantasía pierda su fuerza, no tardes en escribir :) Besos

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