De visita

Hace un par de días tuve la oportunidad de conocer de cerca cómo es que  la Coordinación de Gerontología del Instituto para la Atención del Adulto Mayor (IAAM) de la Ciudad de México atiende las solicitudes de ayuda de las personas mayores que sufren maltrato. Me encontré con Marisol Terreros -experta en promoción de la salud que tiene muchos años de experiencia en trabajo de campo con adultos mayores-, frente al mural del Metro Ciudad Universitaria, y de allí partimos juntas a buscar los domicilios de quienes habríamos de visitar, por allá en donde las montañas que bordean el sur del Valle de México ponen coto al crecimiento de la ciudad.

Por el camino me hablaba Marisol sobre el problema del maltrato a las personas que van perdiendo fuerza física y presencia social. Tal vez los familiares más jóvenes quieren hacer uso del patrimonio del abuelo, del padre o la madre y los extorsionan hasta despojarlos, o los obligan a abandonar su hogar. Tal vez no se atiende a una persona frágil que ya no puede valerse por sí misma, y se le deja morir lentamente por abandono y escasez de agua y comida. O se le alimenta, pero de mala manera, con insultos y empujones, haciéndola sentirse estorbosa e inútil. En ocasiones es la víctima quien hace la denuncia, otras veces es un vecino, una nieta, un sobrino que no quiere defender abiertamente a la víctima por no buscarse problemas e incluso pide anonimato. Para explorar en qué contexto se da el maltrato, el entrevistador del IAAM cuenta con una serie de instrumentos (por ejemplo, la Cédula de identificación de riesgos de salud en las personas adultas mayores desarrollada por la Secretaría de Salud) que permiten detectar signos de deterioro cognoscitivo y depresión y evaluar  la capacidad funcional de la persona; también se pregunta por la situación socioeconómica y la calidad de la red de apoyo, por las enfermedades ya diagnosticadas y la posibilidad de asistir a consulta médica. Además, hay que hablar con el cuidador sobre su propia situación, aplicando el cuestionario sobre la carga del cuidador de Zarit y Zarit. Y mientras tanto, hay que observar al detalle cómo es la vivienda, si está limpia o no, si es oscura y fría, si pone en riesgo de caída al adulto mayor… Todo eso en alrededor de una hora.

En las visitas del día atenderíamos dos probables casos de despojo de bienes y de abandono. Bajamos del camión casi al final de la ruta y aún nos quedaba un largo trecho cuesta arriba, por calles de una pendiente inverosímil. Era como si subiéramos  a la Pirámide del Sol en Teotihuacán, pero sin escalinata. Mirando atrás veíamos la ciudad, hermosa en un día azul de fuerte viento. La numeración de las casas no siempre iba en orden; preguntamos un par de veces, subimos y bajamos siguiendo indicaciones confusas, y por fin dimos con una casa de tres plantas y portón inexpugnable, con cuatro timbres sin membrete a los que no respondía nadie.

– Así sucede a veces, y lo que hacemos es dejar aviso por escrito y regresar otro día. Hacemos tres intentos. Con esta persona ya es el segundo – me explicó Marisol.

Echamos a andar de nuevo, sin dejar de hablar sobre el trabajo. Estas dificultades logísticas son lo de menos: cuando el denunciante pide anonimato, hay que buscar otro motivo para iniciar la entrevista, como el trámite de la pensión alimentaria que la Ciudad de México otorga a los mayores de 68 años. Y cuando se constata que hay maltrato, debemos refrenar un primer impulso justiciero e intentar entender lo que pasa.

– A veces el maltrato comienza a gestarse muchos años atrás, a partir de la forma de vida de la persona- me dice Marisol. -Hablas con una mujer que cuida a su padre, y te dice: “Lo odio. Le llevo la comida a su cuarto, pero no me pidan más. Déjeme contarle cómo nos trataba”… Y escuchas historias de golpes, de hambre, de hijas adolescentes obligadas a prostituirse, y te das cuenta de que la denunciada por maltratos sufre tanto como su víctima, y tienes que aliarte con ella y ayudarle con la carga.

Cuánta paciencia, cuánta sabiduría hacen falta para ponerse a la vez en los zapatos del anciano y de quien se ha cansado de cuidarlo. Esa sabiduría que consiste en saber mirar un problema desde muchos puntos de vista a la vez, con más interés en hallar soluciones que en imponer castigos. Estoy convencida de que la ciudad funciona porque son muchos los que así viven y trabajan, calladamente, sin que se note apenas su enorme fuerza.

 

 

 

 

 

 

 

 

8 pensamientos en “De visita

  1. Esa hija que odia al padre por el mal trato r
    Vecibido no solo sufre por lo que ocurrió en el pasado, también sufre por lo que ocurre en el presente. Seguramente, ese padre nunca se disculpó, nunca reconoció su problema, con lo que el odio sigue creciendo más y más. Y además, esa hija seguramente se siente culpable de no poder querer más a su padre, de no poder tratarlo mejor, culpable del odio que siente hacia él.
    Verdaderamente, la vida se hace muy difícil a veces.
    Un abrazo, Elena.

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  2. Elena, me parece un problema que tiene que ver con múltiples variables. Me puso la piel de gallina el caso de la hija que tras las malas experiencias de su juventud tiene que cuidar a un padre al que odia profundamente y pienso en el dicho “uno cosecha los que siembra”. Pero repito es un problema por demás complejo. Me pregunto cómo se maneja en otros ámbitos donde al anciano se le valora tanto…

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    • Myrna, no sé qué hice al responder a tu pregunta sobre el enojo del hijo ante el padre que ya no es un héroe, ni puede cuidarlo como antes, y si esto propiciaría rudeza y maltrato. – Por lo visto la borré, junto con mi respuesta.
      Bueno, aquí va de nuevo. Ese problema lo he visto sobre todo cuando hay una brecha de más de 40 años entre padre e hijo. Una persona de 50 años, que ha comenzado a envejecer, ya tuvo tiempo de des-idealizar a los padres y es más capaz de empatizar con ellos y de no impacientarse con sus achaques. En cambio, si tiene 30 a, un bebé, una hipoteca, y al padre de 75 le diagnostican Alzheimer – la situación es mucho más difícil.

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      • Claro, me parece que la clave es que el hijo haya podido des idealizar al padre antes de que este pierda sus capacidades ya sean físicas o mentales. Gracias Elena! Besos

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  3. Ejemplos de otras variables en juego: el deterioro cognitivo, la apatía, la fragilidad física que vuelven a una persona menos capaz de integrarse a la vida de la familia. Quienes lo cuidan se impacientan más fácilmente. Y pueden caer en maltratarlo, por puro agotamiento, aunque no haya historias negras. Un abrazo, Myrna.

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