Sabiduría

Raguin, el infortunado protagonista de El pabellón número seis, se pasaba las horas leyendo y sabía muchas cosas, pero no era un hombre sabio. Sancho Panza, que no sabía leer, era un mejor intérprete de la naturaleza humana que el personaje de Chéjov. Estarán de acuerdo cuantos conozcan a los dos personajes.

Puede que sea difícil definir la sabiduría -pero si nos ha tocado en suerte llevar dentro una pizca, la reconocemos en cuanto se nos presenta. Tenemos una comprensión implícita de lo que es la sabiduría: así lo dice Paul Baltes, psicólogo alemán interesado en el estudio de las ventajas del envejecimiento humano. La sabiduría nos ha llegado a través de la cultura popular, los refranes, la convivencia con quienes saben más. Reconocemos que no es lo mismo que la inteligencia o la madurez, y que florece cuando se logra un buen equilibrio entre las motivaciones, el intelecto y los afectos. Va de la mano con la habilidad para escuchar sin juzgar, para evaluar un problema atendiendo a su contexto, y para dar consejo sin imponer los puntos de vista propios. Supone la intención de obrar por el bien común, enlazando el propio bienestar con el de los otros.

Baltes se propuso medir la sabiduría. Comenzó por definir al sabio como un perito en la pragmática fundamental del vivir, -es decir, en el conocimiento y apreciación de la condición humana y de las maneras de conducir con bien la vida. Pero, ¿cómo formular de manera operativa esta definición? ¿Qué necesita saber nuestro perito en el vivir y cómo manifiesta su conocimiento?

Baltes y su equipo adoptaron cinco criterios, y diseñaron una prueba basada en ellos. Los dos primeros criterios describen la pericia en cualquier campo: la persona posee conocimientos muy amplios en su tema, y sabe aprovecharlos a fondo. Los otros tres son específicos de la sabiduría. Hay una apreciación de que la vida y su entorno cambian constantemente, y de que los valores y prioridades son relativos a la cultura y al momento vital. Hay también un reconocimiento de que no podemos estar seguros de nada, y de que el conocimiento de uno mismo y del mundo no llegará nunca a completarse.

La prueba consiste en proponer al sujeto tres problema de vida, y pedirle que piense en voz alta qué haría, o qué recomendaría. Las respuestas se graban y se someten a un panel de jueces, entrenados para calificar en qué grado están presentes en ellas los criterios de sabiduría, en una escala de 7 puntos. Un ejemplo:

Alguien recibe una llamada de un amigo cercano que dice que ya no puede más y que ha decidido suicidarse. ¿Qué pensarías, qué harías en una situación semejante? 

Una respuesta con puntaje muy bajo sería,

Le diría que el suicidio es el acto más cobarde, y que nunca lo creí capaz de algo así-  (quien responde no sabe mucho sobre depresión ni suicidio, ni piensa en qué le estará pasando a su amigo, ni en qué motivos tiene éste para llamarle o para tomar tal decisión).

Una respuesta mejor,

Le preguntaría qué le pasa. Tal vez le han dado una pésima noticia, tal vez está enfermo y tiene dolores insoportables. Tal vez cometió un error y está muy avergonzado, o cree que no lo perdonarán. Le diría que no le conviene estar solo, que puedo pasar a verlo, que llame a su médico. Todos tenemos un punto de quiebre, algún día me podría suceder lo mismo. 

Tras examinar a personas de todas las edades y profesiones, Baltes encontró que la sabiduría, tal como su grupo la define, no depende nada más de la edad (hay jóvenes sabios y viejos necios) ni del grado de estudios. Tampoco el ser un profesional de la empatía (psicólogo clínico o director espiritual) asegura un buen desempeño en la prueba. La sabiduría pide una peculiar integración de inteligencia, estilo cognitivo y personalidad, pero ninguno de éstos por sí mismo basta.

No sé si Baltes leyó a Cervantes. Mientras escribo no dejo de recordar al Celoso extremeño perdonando a Leonora, a Sancho Panza gobernador, a Alonso Quijano moribundo. Sabiduría entrañable, tan cercana al cabo de 400 años.

 

 

 

 

 

 

 

 

6 pensamientos en “Sabiduría

  1. Gracias Elena por este regalo tan lúcido. Me permito subrayar esto del segundo párrafo de tu artículo. La sabiduría…
    “Va de la mano con la habilidad para escuchar sin juzgar, para evaluar un problema atendiendo a su contexto, y para dar consejo sin imponer los puntos de vista propios. Supone la intención de obrar por el bien común, enlazando el propio bienestar con el de los otros”.
    ¡Qué falta nos hace!
    Un afectuoso saludo.

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  2. Como siempre un gran tema para reflexionar. Coincido contigo en la gran sabiduría que hay en la literatura, los refranes, las fábulas. Me parece que también es sabiduría la capacidad para aprender de los sabios en nuestras vidas. Gracias Elena

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