Estilos médicos, según Proust

Ayer abrí al azar una edición de Gallimard que reúne en un mismo tomo las 2400 páginas de En busca del tiempo perdido, y me encontré con un pasaje que relata la enfermedad y la muerte de la abuela del narrador (Le Côté de Guermantes, I-II).

Allí se habla de cómo podemos sentirnos mal de manera vaga, sin percibir claramente los signos de un creciente desequilibrio fisiológico, porque nos separan del cuerpo abismos de incomprensión. No tenemos la costumbre de escucharlo porque nos parecen más meritorios otros empeños; si enfermamos, la convivencia con el cuerpo se vuelve imposible y corremos a buscar un intérprete para entender lo que nos dice, comme devant les réponses d’un étranger on va chercher quelq’un du même pays qui servira d’interprète.  Ese perito traductor del lenguaje del cuerpo es el médico -pero cada uno traduce a su modo. Proust, hijo y hermano de médicos, nos deja ver a cuatro de ellos en plena labor. Describe sin juzgar, con una precisión como de historia clínica.

Cuando se vuelve evidente que la abuela está enferma, se llama a Cottard, el doctor de la familia, un hombre al que se aprecia por su dedicación a sus pacientes aunque es un poco torpe socialmente y carece de cultura artística. Cottard visita a la enferma en casa, la examina, ordena que se registre su temperatura con un termómetro, le prescribe una dieta y un antipirético. La fiebre desaparece, pero la abuela no quiere levantarse.

La familia consulta entonces a un experto en enfermedades nerviosas recomendado por un gran escritor, que en lugar de auscultar a la enferma le dirige una mirada escrutadora y penetrante y la interroga sobre sus gustos literarios. Al cabo de un rato de conversación, le dice con una voz acariciante que se aliviará, que debe salir al aire libre, que pronto les manifestations que vous accusez céderont devant ma parole. La enferma no parece convencida, pero la familia está feliz y la envía en compañía del narrador a dar un paseo. La abuela siente náuseas de pronto, se refugia en el primer mingitorio público que encuentra y sale al cabo de un largo rato descompuesta de rostro y vestimenta, renqueando y arrastrando las palabras.

¿Qué hacer? Mientras busca un fiacre, el narrador se topa con un “casi amigo” de la familia, famoso profesor de medicina que atiende en esa calle su consulta, y le ruega que reciba a la abuela. Pero este gran señor se hace de rogar: no han sacado cita, no es día de consulta, además debe prepararse para ir a cenar con el ministro de comercio, imposible ir después a ver a la enferma a su casa… “Enfin, par amitié pour les vôtres, recibiré a su abuela si viene inmediatamente ¡pero le advierto que no le daré sino un cuarto de hora bien juste!” Tal es el prólogo de la tercer consulta médica a la que asistimos como testigos. Una vez en su consultorio, el profesor es irreprochable. Fino y amable de trato, examina minuciosamente a la enferma mientras habla con ella de poesía, e incluso le regala cinco minutos de más. La hace salir y encara al narrador.

Votre grand-mère est perdue… Ha sufrido un ataque provocado por la uremia. Excusez-moi, ya sabe usted que hoy ceno con el ministro”, le dice.

La enferma vuelve a casa; la espera una lenta agonía. La asiste sin aspavientos ni flaquezas el vulgar y deslucido Cottard. Dosifica la morfina cada día para paliar el dolor sin apresurar demasiado el fin, coloca sanguijuelas para “disminuir la congestión”, ordena tanques de oxígeno para hacer menos penosa la respiración mientras su enferma se desprende lentamente de la vida.

El padre del narrador llama a una celebridad más, el doctor Dieulafoy. De buen talle y rostro hermoso y triste, Dieulafoy se coloca a los pies del lecho de muerte y observa a la agonizante. Pronuncia unas palabras en voz baja y sale de la plus belle façon du monde, haciendo desaparecer el sobre que le tienden como si no lo viera, sin la más mínima arruga en su grave y noble continente. Parece, con ese nombre, el más novelesco de los cuatro médicos – ¡pero es rigurosamente histórico!

Si tuviese que parecerme a alguno de los cuatro, elegiría a Cottard.

11 pensamientos en “Estilos médicos, según Proust

  1. Me has hecho pasar un muy buen rato leyéndote y recordando. Antes de llegar al final, también he pensado que me quedaba con Cottard. Aunque, como paciente, si mi enfermedad no fuera terminal, elegiría al profesional “irreprochable”

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    • Tienes razón. Cottard es tenaz, paciente y humilde: cualidades necesarias para atender casos crónicos y terminales. El profesor ocupadísimo tendría, en cambio, la agudeza diagnóstica que permite cambiar el curso de la enfermedad. Y qué raro es, en la vida, encontrar quien reúna agudeza y paciencia…

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  2. La personalidad del médico es tan importante en mi opinión. Yo en lo personal una eminencia que no tiene calidez ni tiempo no vale la pena consultar, sobre todo en especialidades como pediatría, Ginecología. A mi parecer la relación médico-paciente tiene su papel muy importante en el tratamiento.

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  3. Delicioso y magistral Proust! Gracias por recordarlo y plantear un tema tan importante como el de la relación médico-paciente; lo tengo muy presente y reciente, de hecho estoy siguiendo un tratamiento y cuando te sientes vulnerable tratando de recobrar el equilibrio perdido es fundamental la confianza en tu médico. He tenido suerte y sé que estoy en buenas manos; voto como tú.
    Un gran abrazo, querida Elena!

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  4. Pertenezco al numerosísimo grupo de lectores que no tuvieron fuerzas para continuar con Joyce o Proust, y, al mismo tiempo, al escasísimo número de ellos que lo reconoce abiertamente sin avergonzarse lo más mínimo.
    Ahora que tanto se debate sobre la oportunidad de la versión actualizada de El Quijote llevada a cabo por Trapiello, también disfruto enormemente aceptando que cuando leí a don Alonso en la juventud interpreté erróneamente multitud de pasajes, circunstancia que, por lo visto, no sufrieron tantos. Gran problema , este de los disfraces y el pánico a los reconocimientos. Supongo que hasta cierto punto se denomina complejito de inferioridad. Gracias, doctora.

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      • Creí que me iba a hablar sobre el poder terapéutico del “reconocimiento”. En realidad se lo había puesto “a huevo”, como decimos en España.
        Yo siempre he sostenido la teoría de que la base para que se consoliden las relaciones humanas es practicar el reconocimiento, es decir, aceptar los errores cometidos y no ruborizarse. Pero se ve que se trata de un esfuerzo sobrehumano que evidencia graves carencias de integridad personal. Si todos y cada uno pidiéramos pública y sinceramente perdón, no solo se facilitarían las cosas, reduciendo la gravedad de los problemas, sino que la figura del “penitente” se agigantaría y hasta despertaría ciertas cotas de admiración. Caer y levantarse no debe doler. Y decir que “no pude” con Proust ni Joyce debería escucharse sin la altanería magnánima del petulante culto, de igual modo que quienes algo entendemos de pintura tampoco practicamos la genuflexión irremediable ante los grandes, pues encontramos en los menos venerados valores no menos dignos de admiración. ¿O es que las obras maestras no han sufrido históricamente sobrevaloración y devualuación según los dictados del momento? Bien…contrapunto, anacrusa….

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