“Me lo dice el corazón”

“Mi corazón me dice… “  Hace muchísimo que no escucho la frase. La usaba a veces una de mis tías, que tendría 94 años si viviera, cuando ante alguna situación racionalmente incomprensible se dejaba guiar por sus sentimientos. Mi tía, más aficionada a Pascal y a Saint-Exupéry que a las novelas rosas, habría concedido fácilmente que su frase era una metáfora, más que una verdad científica o filosófica.

Cómo me he acordado de ella, y también de solo se ve bien con el corazón y de le coeur a ses raisons… al leer un editorial recién publicado en JAMA Psychiatry (The Heart, the Brain and the Regulation of Emotion,) que trata sobre la dimensión fisiológica de la experiencia emocional. Parece ser que, más allá de las alteraciones en el ritmo cardiaco que acompañan a las emociones intensas, la calidad de las vivencias de cada uno le debe más al corazón-víscera de lo que pensaríamos los hijos del S. XX.

Alrededor de una tercera parte de las personas sanas son capaces de percibir el latido de su  propio corazón con sólo proponérselo, sin tomarse el pulso; esta es la muestra de habilidad interoceptiva más estudiada en los últimos años. No es sugestión: quienes participan en estos experimentos cuentan sus latidos y los comparan con un sonido rítmico para decidir si son sincrónicos, mientras los investigadores registran un electrocardiograma. Otro “dato duro” es el potencial electroencefalográfico cardiaco (HEP en inglés), esa marca que deja la actividad del corazón en el registro de la actividad eléctrica cerebral, más amplio en las personas que perciben con exactitud sus propios latidos. Un “dato blando” que acompaña a la buena interocepción es la vivencia más intensa de las propias emociones.

La habilidad interoceptiva (determinada a partir del HEP y de la percepción del latido cardiaco) coincide con una serie de disposiciones favorables. Por ejemplo, con la extraña capacidad de apetecer precisamente los alimentos que el cuerpo necesita y sostener así por años, sin esfuerzo, el mismo peso (intuitive eating en la literatura médica). También con una mayor capacidad para reconocer y regular las propias emociones, y para tomar buenas decisiones intuitivamente. En cambio, la habilidad para percibir el propio latido cardiaco es pobre en quienes padecen hipocondriasis e interpretan cualquier sensación somática como signo de gravísima enfermedad. También en los melancólicos, que llegan a veces a sentirse eviscerados. Y en quienes han de vérselas con esa dificultad para regular las emociones que es característica de la personalidad limítrofe. Por supuesto, tampoco son hábiles para sentir su corazón quienes se disocian cuando algo los atemoriza.

¿Qué sucedería, si entrenáramos a estos enfermos en la atención al propio cuerpo? ¿Si les propusiéramos que practicaran meditación con seriedad y constancia? Mi artículo de JAMA Psychiatry no toca el tema, aunque afirma de paso que la habilidad interoceptiva es un rasgo difícilmente modificable. No sé que tan sólidas sean las pruebas que sustenten tal afirmación. Por la importancia de lo que está en juego, creo que vale la pena dudar, y hacer el intento de conectar mejor con su interior a quienes no tienen la costumbre de escucharse.

 

14 pensamientos en ““Me lo dice el corazón”

  1. Hola Elena,
    nuestro corazón habla más de lo que nos pensamos, pararse a escucharlo debería ser una asignatura más en el colegio, seguro que si aprendiéramos a hacerlo nos iría mucho mejor en la vida.
    Me ha interesado y a la vez sorprendido tu artículo, me leeré con más calma el JAMA.
    Un abrazo

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  2. Interesantísimo como siempre. Yo apuesto por qué si podemos aprender a escuchar mejor a nuestro corazón, quizá para algunos será tarea difícil pero por qué no?

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  3. La frase es muy bonita, muy tierna, muy llena de sinceridad. Yo la escuchaba mucho de pequeño, igual que otras sabias sentencias y aforismos bendecidos por la tradición. Hoy, gracias al imparable progreso, la deshumanización ha conseguido desbaratar hasta la espontaneidad del diálogo. ¿No aprendimos que somos seres sociables? Pues cada vez se va notando menos: todo se descalifica como ñoño, improductivo, retrógrado, demodé. La rentabilidad se impone y el corazón no produce más que disgustos. La reivindicación del cerebro desposeído de emociones es un valor en alza que el papanatismo de la masa informe acepta con delectación. Pobres descendientes de esta tan lúcida nuestra generación.
    Saludo con afecto desde la vieja Europa. Iba a decir España, recordando una anécdota vivida hace años en Portobello. Me acerqué a un puesto de fruta, atraído por sus brillantes naranjas. El vendedor, sosprendentemente simpático y parlanchín, me preguntó sin ningún rubor por mi origen, y yo le dije, muy orgulloso, que de la tierra de las naranjas. A lo cual él respondió, muy sabihondo: “¡¡Ah!!, del gran Israel”. Me mató, pero decidí resucitar a los pocos segundos, disimulando malamente mi perplejidad.

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      • Lacónica y única respuesta ante tan larga perorata. La cuestión es dilucidar si el motivo del silencio es haber despertado indiferencia y tedio o si la susceptibilidad del autor es una lamentable evidencia, conclusión, por demás, tan fácil como recurrente. Solo una psiquiatra y psicoanalista parece capaz de aconsejar una interpretación cabal. Pero, please, no desde el nivel del podium ni del púlpito magnánimo que redime a los pobres humanos enredados en sus miserables inquietudes. En todo caso, puede ser, en verdad, que las aguas a un lado y al otro del charco no nos empapen siempre con la misma blanca espuma que nos empeñamos en aceptar.

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