Bella del Señor

He estado leyendo Belle du Seigneur, de Albert Cohen. Muñoz Molina lo citaba como influencia importante para El Jinete Polaco, por sus descripciones del amor dichoso, pero a mí me ha parecido un libro triste, lleno de ansiedades y empeños estériles. Después de dos meses de encuentros pasionales jubilosos, ¿no esperaríamos que a una mujer joven y hermosa dejara de importarle si muestra al amante el lado derecho o el izquierdo del rostro? ¿Puede llamarse feliz una relación amorosa en la que ella no puede ni estornudar en presencia de él, por temor a que la vea fea? Y él, después de varios meses juntos, cuida de levantarse antes de que ella despierte, para que no lo vea sin rasurar. Qué tortura, tantas horas de intimidad sin permitirse la menor flaqueza física. Cómo fatiga el ver a los protagonistas enamorados de su propia belleza, colgados de la admiración del otro como si no hubiese en el mundo ningún otro alimento.

En Anna Karenina hay también un marido funcionario y desabrido, una mujer hermosa que se casó con él sin saber lo que hacía, un amante irresistible. Pero junto al adulterio de Anna y Vronsky, a esa pasión que los atrapa y termina por matarlos, Tolstoy pone la historia de amor de Kitty y Levin, un amor no menos intenso, que no lleva al cansancio y a la muerte sino a la fecundidad y la alegría.

¿Suena a moralina lo que escribo? Imaginemos que los personajes de Tolstoy son conocidos nuestros, de carne y hueso. Anna y Karenin se divorcian, ella se casa con Vronsky, entabla un largo pleito por la custodia del hijo. En nuestros tiempos no se rechaza a las “familias reconstruidas”, y Anna no sufriría mayor castigo social que el  de verse excluida del círculo más cercano a su ex-marido. Sin embargo, el final de la historia podría ser muy semejante, porque lo que vuelve estériles a estos amantes no es el rechazo social, sino el ansia de ser lo único en la vida del otro, para siempre. Así, para Anna, el interés de Vronsky en la política es una señal de que él ya no la quiere como antes: “Ya no le basto, necesita alejarse de mí…”-. Y en la novela de Cohen, él se siente “condenado a trabajos de amor forzados” cuando ella lo llama a su lado, pero si ella propone ir a bailar, o al cine, ha de ser porque se aburre, piensa él, porque el amor ya no la llena. Dan entonces en hacerse daño uno al otro, porque con el dolor vienen la añoranza de los primeros días de pasión y el intento de reproducirlos. Y cada nueva reconciliación se desgasta más pronto…

Hasta donde puedo darme cuenta, ya no en los libros sino en las vidas que veo transcurrir desde mi sillón de psiquiatra y analista, les va mejor a quienes saben que no es posible ser el único interés en la vida del otro, que el amor y la amistad crecen cuando amigos y amantes cuidan juntos de algo que los trasciende. Y que las lunas de miel también tienen fases y eclipses.

7 pensamientos en “Bella del Señor

  1. Pensar en ser el único interés del otro me provoco una sensación de pesadez y asfixia, que horror ser lo único para el otro!! La otra cosa que me vino a la mente es como hablar de intimidad donde solo hay intimidad sexual? Para mi esas imperfecciones que uno solo comparte con el compañero de vida es la intimidad y lo que hace esa pareja única, con todas las vicisitudes y sus complejidades. Como siempre un placer leerte.

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