Oliver Sacks, a la sombra del caso Turing

He estado leyendo el libro de memorias de Oliver Sacks, On the Move, por curiosidad hacia la personalidad del autor. En sus libros de estampas neurológicas me parecía percibir, agazapado tras esas descripciones deliciosas al estilo de los médicos de hace cien años, a un hombre tímido, reticente e ingenuo, con una cierta fragilidad cuyo origen no atinaba yo a definir.

Ahora que entiendo mejor a qué respondía mi extrañeza, Sacks me inspira una gran simpatía. No habrá sido nada fácil darse cuenta de que no le atraían las chicas, en aquellos tiempos en que la homosexualidad era un crimen. Su padre, como sabio médico de familias que era, tomó el asunto sin aspavientos, pero no así su madre. ¡Ojalá no hubieras nacido!, le dijo cuando estaba él a punto de ir a Oxford becado, a estudiar Medicina, en 1951. Sus palabras me persiguieron por buena parte de mi vida, y contribuyeron mucho a inhibir y llenar de culpa lo que habría sido expresión gozosa y libre…, escribe él. Pero, con o sin bendiciones maternas, la “expresión gozosa y libre” era punto menos que imposible. Nos es muy difícil imaginar lo represiva que era la atmósfera en torno a la homosexualidad en los cincuentas… rodeaba al tema un aura repugnante de crimen, degeneración y anormalidad, según describe un artículo sobre la época en The Guardian. La policía confiscaba la agenda de algún sospechoso de homosexualidad y arrestaba a los hombres cuyos datos encontraba allí, acusándolos de ser parte de un círculo homosexual.

La penalización era bárbara, casi surrealista. A Alan Turing, el matemático y experto en códigos convicto en Inglaterra por actos homosexuales que él admitió pero que nadie había visto, se le dio a escoger en 1952 entre ir a la cárcel o someterse a una “castración química” con estrógenos, para disminuir su libido. Turing eligió las hormonas. Le crecieron pechos, quedó impotente, se le despojó de sus cargos. En 1954, con el cuerpo estragado por el dietilestilbestrol, Turing se suicidó con cianuro. Sacks se disponía por entonces a presentar sus exámenes finales en Oxford. Tímido y cauteloso,  por años no se atrevió a buscar compañía en su país, sino que se contentaba con escaparse de vez en cuando a Amsterdam, ciudad que no consideraba que existiera un crimen allí donde no había víctimas.  En Gran Bretaña, la despenalización de la homosexualidad no se dio sino hasta 1967 (y con salvedades).

Sacks se marchó en 1960 a América, a hacer su especialidad en neurología. Su juventud en California estuvo llena de excesos deportivos, científicos y farmacológicos (cayó en la adicción a las anfetaminas, cuando aún no se perseguía como ahora el consumo de sustancias)- pero su discreción en el terreno amoroso era tal, que solía considerársele “asexual”. Mucho tuvieron que ver, creo yo, la gazmoñería americana y la exigencia de una conducta sexual acorde con los cánones bíblicos más rancios, usual en los Estados Unidos hacia las figuras públicas. Recordemos que, con todo y los desfiles anuales del Gay Pride en Manhattan, las leyes contra la sodomía se derogaron por completo en Estados Unidos apenas en 2003, -¡cuando Sacks cumplía 70 años!-

Qué pena que un hombre con esa vitalidad desbordante y esa capacidad enorme para la amistad, el trabajo y el goce hubiera de esperar hasta el final de su vida para atreverse a tener un compañero permanente (a quien dedica el libro). Y qué alegría que las cosas hayan cambiado al fin, para él y para todos nosotros.

 

Un pensamiento en “Oliver Sacks, a la sombra del caso Turing

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s