Respirando hidrocarburos

JAMA Psychiatry publica este mes un editorial titulado The Impact of Air Pollutants in the Brain, cuyos autores son dos investigadores mexicanos, Lilian Calderón Garcidueñas y Ricardo Torres Jardón. Ella es médico especialista en neuropatología y profesora en la Universidad de Montana. Él se dedica al estudio de la química de la atmósfera en la Universidad Nacional Autónoma de México. Junto con sus colaboradores, que trabajan en diversos centros de México, América del Norte y Europa, han publicado de 2003 a la fecha treinta artículos sobre los daños que causa la contaminación atmosférica al sistema nervioso; a dieciocho de ellos puede accederse libremente a través de PubMed.

Tristemente, la Ciudad de México es un lugar ideal para estudiar el problema de la exposición continua al aire contaminado. Según nos explican los autores en su artículo Early Alzheimer’s and Parkinson’s Disease Pathology in Urban Children…, la ciudad viva más antigua del continente ocupa un área de alrededor de 2000 km2 y aloja a 20 millones de habitantes. Los pobladores, sus 4 millones de autos y sus 40000 industrias consumen más de 40 millones de litros de combustibles de petróleo por día, que resultan en la emisión anual de aproximadamente 2.6 toneladas de contaminantes: partículas suspendidas finas y gruesas, contaminantes gaseosos, hidrocarburos aromáticos y lipopolisacáridos. La dispersión de las dos toneladas y media de humo es difícil, porque el Valle de México está rodeado de montañas. Y la producción de ozono, al oxidarse los contaminantes bajo la acción de los rayos solares, ocurre en abundancia durante todo el año. El ozono nos impone una dosis extra de estrés oxidativo, esa agresión química constante a la que estamos expuestos por nuestro propio metabolismo, o por comer demasiado, o por asolearnos mucho.

Pero en este artículo, lo que ocupa a los autores es el daño que las partículas suspendidas causan al cerebro (sobre todo las menores de 2.5 micras). Han demostrado, lo mismo en perros que en niños y jóvenes de la Ciudad de México fallecidos accidentalmente, la presencia de metales como el níquel o el vanadio en la mucosa nasal, el bulbo olfatorio y el lóbulo frontal, regiones en las que encontraron también, como si los tejidos provinieran de un sujeto añoso y enfermo de Alzheimer, signos de inflamación crónica, placas difusas de amiloide y acúmulos de neurofibrillas. Los cambios eran mucho más notables en los sujetos que por su conformación genética (ApoE 4) tenían una mayor propensión a desarrollar Alzheimer. En cambio, los tejidos obtenidos de controles (caninos y humanos) provenientes de ciudades pequeñas de provincia no contenían metales, ni mostraban daños. Por otra parte, un estudio del crecimiento cerebral y desarrollo cognitivo en el que se comparó a niños de la Ciudad de México con niños de provincia mostró que quienes crecen expuestos al aire contaminado quedan en desventaja en ambos rubros; además, sufren una merma importante en su capacidad olfativa (como sucede también en casos de enfermedad neurodegenerativa).

¿Cómo interpretar las marcas de Alzheimer o Parkinson en un niño de 10 años, sin historia familiar de estas enfermedades? Nos consta, argumentan los autores, que la exposición crónica al aire contaminado va acompañada de estrés oxidativo e inflamación, factores de gran peso en el desarrollo de las enfermedades neurodegenerativas. Pero ¿son signos de daño irreversible lo que vemos? ¿o signos de adaptación y defensa ante la agresión constante del ambiente?

No lo sabemos aún. Ojalá aprendamos a revertir estas lesiones, antes de ver nuestras grandes ciudades asoladas por una epidemia de demencias. Ojalá en un futuro cercano esto de respirar petróleo nos parezca tan absurdo como beber agua sucia, o como dejarse operar por un cirujano que no se ha lavado las manos.

 

 

 

13 pensamientos en “Respirando hidrocarburos

  1. Hola Elena,
    un tema interesantísimo del que probablemente en los próximos años se hable más. Los hidrocarburos puede que sean solo uno más de los cientos de productos tóxicos que se acumulan en nuestro alrededor y de los que estamos expuestos a diario durante toda nuestra vida. Deberíamos tener presente también el riesgo potencial de los fetos durante el embarazo. El feto como paciente que es también, está expuesto a todos estos tóxicos al igual que su madre. Con tu permiso dejo el enlace a la página de la unidad de medicina fetal de barcelona que dirige el Dr. Gratacós, creo que puede ser de interés.
    http://www.medicinafetalbarcelona.org/clinica/unidad-de-neurodesarrollo_es.html
    Saludos

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  2. “Entre todos la mataron y ella sola se murió” –dice el refrán español. Si cada uno de nosotros no asume su parte de responsabilidad en el cuidado de nuestro planeta, más allá de las decisiones gubernamentales, difícil solución tiene este problema.
    Un saludo responsable, Elena.

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    • Querido colega, estaba hace un momento leyendo la sorprendente encíclica del Papa Francisco. Pide una “conversión ecológica”, que “implica la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal”. Hagamos lo posible por despertar.

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