Efecto placebo

Allá en mis años de estudiante, cuando decíamos efecto placebo pensábamos en la mejoría pasajera en los síntomas de las personas sencillas, deslumbradas por el aparato de la profesión médica o engañadas a propósito por algún charlatán. Cosa imaginaria y deleznable. No era legítimo invocarlo sino en casos en los que el dolor tenía un claro origen emocional, o histérico – otro término cargado de menosprecio. Una enferma (sí, generalmente eran mujeres) se quejaba ruidosamente en la sala de urgencias y parecía “no tener nada”. El residente de guardia, agobiado por la carga de trabajo, ordenaba que le pusieran una alemana – una inyección intramuscular de agua destilada con alcohol – con la intención no confesada pero transparente de causarle un dolor de verdad, que le hiciera olvidar sus síntomas imaginarios.

No sé si exista aún esa costumbre; lo que me consta es que ha quedado atrás ese desdén hacia el efecto placebo, esa reacción favorable a una sustancia inerte. Lo veíamos como un error de apreciación del paciente, que se engañaba creyendo en una mejoría ficticia. Ahora, en cambio, lo vemos con curiosidad, como un interesantísimo fenómeno neurobiológico: una muestra de la capacidad del cerebro para regular la percepción del dolor, y también parte de la nueva fisiología de la relación médico-paciente.

No ha sido fácil estudiarlo. Los enfermos que mejoran cuando reciben placebo durante la investigación de los efectos de algún nuevo fármaco son un grupo heterogéneo. Algunos han entrado en remisión espontánea, o sus síntomas han perdido intensidad porque la enfermedad es así; otros le dicen al investigador lo que creen que éste quiere oír, por agradarlo, y en otros más la mejoría proviene de situaciones que se han pasado por alto – un cambio en la dieta o los hábitos del paciente, por ejemplo. El estudioso del efecto placebo debe hacer a un lado estas situaciones, que son ajenas al mecanismo psicobiológico que intenta describir, para concentrarse en el papel que juegan en la respuesta al tratamiento las expectativas y emociones del enfermo, y también las palabras y el proceder de quien cura de él. Hemos aprendido así que el cuerpo responde más fácilmente a un placebo si ha recibido antes un fármaco y ha aprendido sus efectos, y que el condicionamiento clásico (recordemos al perro de Pavlov) es parte de la mecánica del placebo. Por eso es posible inducir este efecto en la rata.

En el ser humano, las expectativas conscientes son poderosísimas: aún la morfina resulta menos eficaz cuando el paciente no sabe que la está recibiendo. Y no influyen solamente sobre la percepción del dolor; también se estudia su efecto sobre los síntomas de la enfermedad de Parkinson, sobre la depresión y la ansiedad, y sobre ciertos trastornos digestivos y alérgicos.

Los mecanismos no están claros aún. Pero sabemos ya que, en el caso del alivio del dolor, los opiáceos y el placebo actúan a través de los mismos circuitos cerebrales. Podríamos decir que, al inducir expectativas por medio de la sugestión, la palabra del médico hace las veces de un agonista opioide. No es metáfora: palabra y rituales terapéuticos desencadenan en el paciente la liberación de los neuromoduladores que propician bienestar. ¿Quién desdeñará ahora tanta riqueza?

8 pensamientos en “Efecto placebo

  1. Yo no sé si el café que me estoy tomando me sirva de placebo, ¡pero en verdad me cambia! Buen día y mejor fin de semana Elena

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    • No es placebo, es el remedio herbolario contra la somnolencia más usado en el mundo – aunque estoy de acuerdo en que la costumbre y las expectativas sobre su efecto contribuyen mucho a que nos sintamos como nuevos después de un buen café. ¡Abrazos!

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  2. Me fascina el tema! El poder de nuestra mente es tan poderoso que nunca deja de sorprenderme, la capacidad curativa de una relación con un otro al que se le “cuelga” tanto poder es maravillosa en manos de quien sabe darle un buen manejo.

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  3. Hola Silvia,
    un tema de lo más interesante y tratado magistralmente, si me permites decirlo. Los que nos dedicamos en nuestra profesión a administrar medicinas para curar males (ya no solo me refiero al dolor) podemos comprobar la “potencia” de ese efecto placebo. Lo que no sabía nada era de esa inyección “alemana” ¡Jo, porqué alemana y no de otra nacionalidad! ¡ja, ja, ja!
    Un saludo

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  4. ¡Cuánto queda por saber!
    Afortunadamente, aún quedan ganas de aprender, y existen lugares como este blog para ello.
    Por cierto, lo que yo sí conocía era la que llamas “inyección alemana” aunque no con ese nombre; pero puedo prometer y prometo que nunca la he prescrito ni administrado.

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