Un impasse

El otro día vinieron a verme una mujer ya mayor y su hijo, a quien llamaré Juan, para pedir mi opinión sobre el tratamiento que él recibe.

Juan comenzó hace unos quince años a aislarse en su cuarto, cuando lo despidieron de la empresa en donde trabajaba como programador porque nunca llegaba a tiempo. En casa, cerraba las cortinas y se quedaba a oscuras para que no lo vieran quienes querían dañarlo, y se quejaba de que le hacía daño el ruido de la calle. Después dio en ir por la casa caminando hacia atrás mientras hablaba en voz alta con interlocutores invisibles. “Las vecinas decían que estaba embrujado” -me cuenta la madre-, “y el primer doctor que lo vio creía que Juan andaba en drogas. Pero todos los análisis de sangre y orina que le hizo salían bien. No sabían qué le pasaba. Hasta que lo llevé al Bernardino, allí nos dijeron que tiene esquizofrenia y le dieron esta medicina” -me enseña una receta por risperidona, cuidadosamente conservada en una cubierta de plástico junto con otros documentos-. “Al principio mejoró. Ya no hablaba solo, ni se quejaba del ruido ni caminaba para atrás. Pero está igual desde hace años. Ya cumplió cuarenta, no tiene novia ni amigos, ni trabaja, ¿y qué va a hacer cuando yo le falte?” -me dice, y pone sobre el escritorio estudios de imagen cerebral, electroencefalogramas, resultados de análisis de sangre. “En todos los estudios da resultados normales, ¿entonces por qué no se concentra en nada, porqué se le va la memoria y hace gestos tan raros? Acaban de cambiarle la medicina” -me enseña la receta más reciente, por clozapina y clonazepam-, “y sigo sin ver nada bueno”.

Mientras hablamos, Juan interviene con una que otra frase sencilla, mostrando que sigue la conversación; su hablar es laborioso, porque entre frases abre la boca de par en par y agita la lengua, o arruga la nariz repetidamente. Le pido que me describa su día, y me responde que hace su desayuno él mismo y se asea y se viste sin que nadie se lo mande. Por las tardes ve las caricaturas en la tele, va a la iglesia a rezar y lee la Biblia. Y nada más, porque se cansa mucho. Pero ya no oye voces, ni se siente amenazado.

No tuve nada que añadir al tratamiento que sigue Juan en el hospital en donde me entrené como psiquiatra: incluso se sustituyó la risperidona por medicamentos que fomentan menos la aparición de disquinesia tardía (esos movimientos involuntarios de cara y cuello que tanto preocupan a la madre). No me quedó sino explicarle a ella que nadie puede hacer más, en ningún lugar del mundo; que los medicamentos pueden frenar las ideas de daño y las alucinaciones, pero no curan la falta de iniciativa y el desinterés por la vida. Prolongué la consulta cuanto pude, para darles al menos mi presencia y la oportunidad de preguntarme cualquier cosa.

Estamos, en psiquiatría, en un momento de crisis. Nos queda claro, después de cincuenta años de dar a nuestros enfermos medicamentos que bloquean la unión de la dopamina a sus receptores neuronales, que apenas logramos hacer más tolerable la esquizofrenia mientras dura su período progresivo, aminorando las alucinaciones y delirios. No es poco; para verlo no hay sino comparar la evolución de este caso con la del enfermo de esta otra viñeta, que había abandonado todo tratamiento y no tenía quien cuidara de él. Pero ni atacamos las causas de la enfermedad, aún desconocidas, ni modificamos su evolución a largo plazo, que lleva a la mayoría de los pacientes a una pérdida progresiva en el volumen de tejido cerebral y un menoscabo notable de las capacidades cognitivas. El llamado período residual, que vemos en el caso de Juan. Por eso Kräpelin llamó demencia precoz a la esquizofrenia.

¿Y ahora, hacia dónde? Está en marcha un enorme esfuerzo de quienes investigan en este campo, en todo el mundo. Trataré otro día sobre ello.

11 pensamientos en “Un impasse

  1. Me llama la atención que traten de poner la mente “en blanco”
    .
    .
    -¿En que piensas?-
    Me pone a pensar que yo a veces contesto a esa pregunta
    -En nada-

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  2. Que desesperanzador panorama, leer esta viñeta me dejo una sensación de frustración, tristeza y desolación, (supongo que así ha de sentirse la madre de Juan). Si bien afortunadamente se cuenta con una manera de tratar la fase de los síntomas positivos, me parece que los negativos igual son fuente de sufrimiento, incapacidad y deterioro; qie decirle a Juan y a su madre?

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    • Myrna, lo último en tratamiento de la esquizofrenia es la psicoterapia cognitiva a la medida del déficit más apremiante en cada caso. Así como en fisioterapia se busca fortalecer determinados grupos musculares, aquí se intentaría fortalecer determinados circuitos cerebrales. Pero aún no sabemos qué resulta, a largo plazo. A corto plazo, se frena un poco el deterioro.

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  3. “Prolongué la consulta cuanto pude, para darles al menos mi presencia y la oportunidad de preguntarme cualquier cosa”

    Precisamente un psiquiatra fue quien me hizo caer en la cuenta de que buena parte de la “asistencia” medica, es eso, asistir, estar presente, acompañar.

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    • “Nada hay más fundamental y elemental en el quehacer del médico que su relación inmediata con el enfermo…” La semana pasada, Francisco Doña citaba en su blog (letamendi.wordpress.com) esta frase de Laín Entralgo. Quisiera no olvidarla ni un momento.

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  4. Pingback: Un impasse

  5. Hola Elena,
    he leído dos veces tu entrada intentando ponerme en la piel de Juan y no lo he conseguido. Es angustioso y a la vez frustante, pero nadie puede saber lo que se sufre hasta que no lo padece en sus propias carnes. Esperemos que en los próximos cincuenta años se avance en sus tratamientos, farmacológicos o no.
    Un abrazo

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  6. Me has hecho recordar esas magníficas historias clínicas del siglo XIX que leí para mi Tesis Doctoral. Tan bien escritas, tan desesperanzadas y tan llenas de humanismo médico. Pero qué duro… y que fuerte hay que ser para prestar ese “acompañamiento”…
    Muchas gracias por la referencia.
    ¡Un abrazo!

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