Respirar

Siempre me han gustado las mitocondrias, estos inquilinos de la célula pequeños como una bacteria, a los que debemos la energía y el calor del cuerpo. Me parece que tienen un no sé qué de individual e intencionado, escondido tal vez en ese cromosoma circular que cada una lleva consigo, manteniéndolo aparte de los otros 46 alojados en el núcleo de la célula. ¿No serán en realidad bacterias? -pensé muchas veces, cuando comenzaba a estudiar citología. También se multiplican por fisión binaria… Qué misterio. Cuestiones como ésta me hacían devorar los libros de texto en busca de indicios, porque en el año 80 del siglo pasado no teníamos internet, la biblioteca de mi facultad no recibía Science ni Nature y yo no podía saber que en 1978 se había comprobado experimentalmente el origen bacteriano de la mitocondria, ni que Lynn Margulis llevaba más de una década investigando la cuestión de la endosimbiosis. Recordando viejos tiempos, la semana pasada leí con enorme placer el libro de Nick Lane, Power, Sex, Suicide: Mitochondria and the Meaning of Life. Cuenta una historia tan fascinante como las mejores de la ciencia-ficción.

Hace dos mil millones de años, en un planeta habitado por organismos unicelulares que carecían de núcleo y no alcanzaban tamaños superiores a las milésimas de milímetro, dos de éstos, que tenían necesidades y habilidades metabólicas complementarias, se unieron en simbiosis. Uno de ellos pertenecía al dominio Archaea (abundante hoy en día en la tierra, en el plancton marino y en lugares inhóspitos a otras formas de vida) y carecía por tanto de pared celular rígida; pudo así envolver al otro, al antecesor de nuestras mitocondrias: una proteobacteria que a cambio de alimento renunció a una vida independiente y se dedicó a proveer a su anfitrión del bióxido de carbono que éste necesitaba -¡a respirar por él!-. Así apareció Eukarya, el tercer dominio en el árbol de la vida, el de las células capaces de incorporar a su interior la producción de energía y regularla.  Como una familia con dos fuentes de ingresos, las eucariontes, plantas o animales, pudieron hacerse cargo de un genoma más pesado, ponerlo aparte en el núcleo celular y crecer más allá de los límites impuestos a arqueas y bacterias por su propio metabolismo. Adoptaron además hábitos predatorios para sostener su alto gasto energético, porque no sabían ya refugiarse en un estado de vida latente en tiempos de carestía, como hacen muchas bacterias. Inventaron el magnífico derroche de la reproducción sexual, para Lane la estratagema que transmite las mitocondrias al nuevo ser por vía materna. Y también la manera de eliminar a cualquier célula que no esté a la altura de las circunstancias: cada mitocondria que deja de producir energía se rompe, se disuelve y desencadena una cascada de reacciones químicas que, si alcanza el volumen suficiente, termina por empujar a la célula entera al suicidio (a la apoptosis, como se dice en biología). Así es como vamos perdiendo células al envejecer, conforme nuestras mitocondrias acumulan en su cromosoma único pequeñas mutaciones que las vuelven poco a poco menos eficaces.

Allí están, pues, Power, Sex, Suicide y mitocondrias. ¿Y el sentido de la vida?

No sé qué opine Nick Lane, porque no hay en su libro un capítulo dedicado al tema. Pero a mí su exposición me dejó muy claro que ese constante tomar aliento y devolverlo, en el que pongo toda mi atención cada mañana al meditar, sucede también en cada órgano del cuerpo, en cada célula, en cada mitocondria que trabaja sin cesar oxidando glucosa molécula a molécula, para regalarme un momento más de belleza, de silencio, de alegría.

13 pensamientos en “Respirar

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