¿Último en llegar, primero en irse?

Encontré en el Nature Reviews Neuroscience de este mes una nota inquietante para los que hemos alcanzado la sexta década de la vida, titulada Last in, first out? – “Se ha propuesto que las últimas zonas del cerebro en madurar son las primeras en degenerar según envejecemos”, dice, refiriéndose a las investigaciones de un grupo europeo (Douaud, G.; Groves, A.R. et al.) sobre este tema, publicadas con el título A common brain network links development, aging and vulnerability to disease.

La idea, que no es nueva, ha tomado diferentes formas según las épocas. En 1881 Ribot la planteó científicamente con su ley de la regresión de la memoria, basada en la observación de que la destrucción de la memoria progresa de lo más reciente a lo más antiguo, de lo más complejo a lo más simple y de lo voluntario a lo automático. A Ribot, como psicólogo que era, le interesaban más los aspectos funcionales que la neuroanatomía. En cambio, Douaud y sus colaboradores se propusieron investigar si, desde el punto de vista anatómico, puede afirmarse que al envejecer el cerebro recapitula en orden inverso su desarrollo. Para ello estudiaron las imágenes cerebrales  de 484 sujetos sanos entre los 8 y los 85 años de edad, obtenidas por resonancia magnética estructural (este procedimiento no detecta cambios microscópicos, como podrían ser la muerte de las neuronas y su sustitución por células glía, pero sí los cambios macroscópicos que se suceden al avanzar la edad). Al analizar las imágenes, los investigadores encontraron una red de zonas cerebrales claramente localizadas que se desarrollan lentamente a lo largo de la adolescencia, alcanzan su plena madurez hacia los 40 años e involucionan con mayor rapidez que otras regiones: se trata de las zonas que reúnen y amalgaman información proveniente de diversos registros sensitivos, y de las que añaden el toque afectivo a nuestra percepción del mundo y nos hacen posible recordar. Entre ellas están el brain default networkautor del incesante monólogo interno; el hipocampo, bibliotecario de nuestros recuerdos, y la amígdala, que guarda las claves emocionales de la experiencia. Cuando estas zonas se dañan, la experiencia vital pierde flexibilidad y riqueza y el trato con el mundo externo ha de apoyarse más que antes en las respuestas automáticas y en los hábitos. Pero si están en forma, son como el Aleph de Borges, ese “lugar en donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”. Para quienes quieran saber más, Marsel Mesulam tiene una excelente descripción de la organización y funciones de las zonas heteromodales y transmodales, que así las llaman los neurólogos cognitivos.

Douaud y sus colaboradores investigaron también si estas regiones cerebrales serían particularmente vulnerables a enfermedades que aparecen temprana o tardíamente, como esa terrible enfermedad de jóvenes que es la esquizofrenia, o la demencia tipo Alzheimer, que ataca sobre todo a individuos que han llegado a la séptima década de la vida. Encontraron una buena coincidencia. A mí se me ocurrió mirar qué edad tenían una serie de grandes novelistas al escribir sus obras más complejas. Un buen número de ellas datan de la quinta década vital de sus autores, sí – pero ¿para qué invocar como sine qua non la maduración de las zonas transmodales, si ya sabemos que antes de escribir una novela como Fortunata y Jacinta hay que vivir mucho? Me interesaron más las creaciones tardías, las de quienes por edad habrían de estar ya en plena involución, y me bastó con recordar que Cervantes publicó la primera y segunda partes del Quijote a los 58 y 68 años.

Que la estadística no nos haga perder de vista esas grandes excepciones luminosas.

 

 

9 pensamientos en “¿Último en llegar, primero en irse?

  1. gracias Elena por esta interesante entrada, me pondré a revisar a Mesulam. el cerebro, el pensamiento, los afectos, la memoria, nunca me dejan de sorprender y fascinar. Un abrazo

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  2. Hola Elena,
    no sé si en un futuro más o menos lejano (espero que sea más cercano) se encuentren tratamientos para enlentecer este envejecimiento neuronal. Este estudio no hace más que constatar lo que la clínica sospecha y ayuda a comprender un poco más otro de los misterios de la Ciencia.
    Un abrazo
    P.D: Te saldrá duplicado el comentario (toqué la tecla que no debía…)

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  3. Pingback: El mito del 10% y sus consecuencias | diasdeandar

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