El discurso de Modiano

Nunca me había acercado a la obra de Patrick Modiano. Comencé la semana pasada a leer  Rue des boutiques obscures, escéptica al principio: ¿Un detective privado que sufre una amnesia neurológicamente imposible, que desde el fin de la guerra hace varios años, no recuerda quién es? ¿Para qué?

Unas páginas más allá, sumergida en el mundo modianesco (la palabra existe ya en francés, y alude a circunstancias misteriosas, inciertas, ambiguas y cargadas de nostalgia), la situación del protagonista comenzó a parecerme de lo más natural. La entendí mejor después de leer el discurso de recepción del Nobel que pronunció Modiano hace unos días. Allí nos habla él de cómo su año de nacimiento -1945-, año de la desaparición de muchas ciudades y de los millones de personas que las habitaban, ha marcado su obra imponiéndole esa inquietud por la erosión de la memoria y la inconsistencia de la identidad personal que encontramos en todas sus novelas.

Cuántas veces hemos visto al olvido comerse recuerdos que en otra época nos parecían fundamentales e imborrables. Cambiamos de entorno, frecuentamos otros puntos de vista y aquello que parecía ser bisagra y vértice de la vida se desvanece, se distingue apenas, allá en las fronteras del mundo que habitamos. Así sucedió, nos dice Modiano, con la gente que vivió en el París ocupado por el ejército nazi. Cuando terminó la guerra y se disipó la pesadilla, parecían decididos a recordar que la vida de entonces era común y corriente, con teatros y cines y restaurantes y canciones en la radio, y evadían cualquier pregunta que los llevara más allá. Pero el muchacho curioso y atento que fue Patrick Modiano atrapaba al vuelo los jirones de historias extrañas que asomaban sin querer por entre los relatos más triviales. ¿Cómo fue que su padre, judío sefardí, cambió de nombre y no llevó la estrella amarilla durante la ocupación nazi? ¿Por qué su madre lo dejaba de pequeño en casas extrañas, en manos de personas a las que luego no volvía él a ver? Se esforzaba después por averiguar los nombres y el paradero de quienes lo acogieron de niño, por identificar en viejos directorios y mapas de la ciudad esos sitios en donde había vivido. No logró gran cosa, pero comenzó a escribir inventando historias alrededor de las vaguedades que le contaban quienes  recordaban apenas lo sucedido entonces. En ese territorio crepuscular en donde la memoria se mueve a tientas, se confunde y tropieza, aparecían personajes aparentemente banales que bajo la mirada del novelista se volvían fosforescentes y misteriosos.  A Modiano le gusta que así sean; su invención no llena los huecos, no nos explica por qué alguien desaparece o a dónde se va, y nos deja contagiados de su curiosidad ante tantos destinos que tocan el nuestro por unos momentos y se nos pierden para siempre.

Tal vez esa sea la tarea más importante del novelista, dice Modiano en su disurso: revelar el misterio escondido bajo espesas capas de olvido, rescatar la fosforescencia original de tantos seres inmersos en la vida cotidiana, olvidados de sí mismos. Ha de ser como un vidente. Como un sismógrafo que detecta movimientos soterrados. Ha de ser quien, frente a la gran página blanca del olvido, hace resurgir palabras medio borradas…

Modiano me ha ganado como lectora asidua.

10 pensamientos en “El discurso de Modiano

  1. Te he llevado a facebook y a twitter por esta entrada. Son tres los blogs a cuya cita jamás falto. Solo tres. El tuyo es uno de ellos. Un abrazo y gracias.

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  2. desde que ganó el Nobel he tenido mucha curiosidad de leer a Modiano y después de leer tu entrada no puedo esperar para leer. Me intriga el tema de su identidad y la situación que se mantuvo oculta tanto tiempo. Un abrazo

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  3. Pingback: Modiano: crecer entre pícaros | diasdeandar

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