Espirales negativas: depresión

Leía ayer un artículo sobre la terapia cognitivo-conductual titulado “Depression: a change of mind” en el número más reciente de Nature,  que trae una sección especial dedicada a la depresión. La autora, una periodista especializada en temas científicos, describe el debate sobre el mecanismo de acción a nivel neurobiológico de este tipo de psicoterapia, de eficacia probada.

Psicológicamente, sabemos ya lo que sucede: el terapeuta enseña a su paciente a identificar esas espirales de pensamientos negativos que lo arrastran hacia abajo, pintándole nubarrones y amenazas en donde no tiene por qué haberlas; le enseña a examinar y a poner en duda los “fue mi culpa, siempre echo todo a perder, no sirvo para nada” característicos de la depresión y a reconocer qué situaciones los desatan. Poco a poco, la persona va desarrollando la habilidad de poner un alto a la proliferación de sus propias ideas destructivas. Conforme deja de torturarse a sí misma, la depresión se disipa.

Cuando comencé mi entrenamiento en psicoanálisis me parecía que esta manera de tratar la depresión era una bobada que a la larga no daría resultados perdurables (que sí los da) porque, al no considerar la complejidad de las motivaciones inconscientes, no atacaba las “raíces profundas” del malestar del enfermo. Ahora, veintitantos años más tarde, me he convencido de que, más allá de las brumas de las disputas teóricas, el ingrediente activo es el mismo en el psicoanálisis y en la terapia cognitivo-conductual: el cultivo de la capacidad de mirarse a sí mismo sin prejuicios, manteniendo a distancia expectativas exageradas, deseos imperiosos de complacer a otros, y cualquier conflicto de esos que uno mismo se fabrica. A los psicoanalistas, siempre fascinados por los contenidos psíquicos recónditos, se nos olvida a veces que no vale la pena fomentar la interminable exploración de los sentimientos de envidia, de cólera, de dolor ante el rechazo, etc., porque al recrear por cuarta o quinta vez los recuerdos negativos no hacemos sino reforzarlos y aumentar el tiempo de condena del enfermo.

Bueno, ¿y los mecanismos neurobiológicos en los que se apoya el tratamiento de la depresión? Los vamos entendiendo gracias a la resonancia magnética funcional y otros estudios de imagen cerebral. Hay una región del lóbulo temporal, la amígdala, que se activa intensamente cuando vivimos situaciones muy cargadas de emoción. En cambio, la corteza prefrontal nos permite organizar, planear a futuro, distinguir entre estímulos, decidir cómo actuar. En momentos de tranquilidad, la corteza prefrontal puede hacer a un lado la interferencia emotiva y calcular, por ejemplo, cuánto costará llenar de gasolina el tanque del auto. Pero en momentos de emoción intensa cuesta trabajo pensar claramente porque la amígdala inhibe a la corteza prefrontal -hay un incendio; primero corre y después, ya que estés a salvo, te pones a pensar de dónde vino-.

Una persona con depresión tiene una amígdala imparable y una corteza prefrontal sin fuerzas para enfrentársele. Le sucede lo que S. Freud describió, hace casi cien años, en su ensayo Duelo y melancolía:  “… el odio se ensaña con [el yo] insultándolo, denigrándolo, haciéndolo sufrir y ganando en este sufrimiento una satisfacción sádica.” Así las cosas, la psicoterapia ayuda a la corteza prefrontal a resistirse a tanto maltrato (ayuda al yo, en el lenguaje del psicoanálisis), mientras que los medicamentos antidepresivos aminoran la excitabilidad de la amígdala y con ello la sensación de vivir bajo gravísima amenaza (los analistas dirían bajo el sadismo del superyó que se nutre de los impulsos del ello). A veces basta con una sola de estas formas de tratamiento, a veces hay que usar las dos.

Este intento de explicación nos parecerá en unos años demasiado simplista. No importa, si hoy nos sirve para pensar mejor.

16 pensamientos en “Espirales negativas: depresión

  1. Querida Elena, te leo y pienso en integración. En mi experiencia clínica cuando señaló, confronto e interpretó estos pensamientos que avasallan al yo, y destapo la agresión que se vuelca hacia sí mismo, estas “distorsiones del pensamiento” se van corrigiendo, y con la ayuda de los antidepresivos al haber mayor capacidad de pensar y concentrarse, estos espirales negativos van desapareciendo. Ojalá podamos llegar mas a esta integración para ayudarle a la gente en su sufrimiento. Un abrazo fuerte

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  2. “A los psicoanalistas, siempre fascinados por los contenidos psíquicos recónditos…” Supongo que herencia de la cultura de la culpa, o consecuencia del dominio del sádico superyó. Me parece que esa frase no es una puntada sin hilo.

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  3. ¡Hola Elena! Me encanta la claridad del artículo, las diferencias entre un enfoque y otro quedan bien expuestas, como siempre, y en tan pocas palabras.

    Creo que entiendo la ‘obsesión’ de los psicoanalistas…jajaja…les gusta, a mi entender, remover la superficie de la tierra para ver lo que hay debajo. Los veo como una especie de arqueólogos, que no siempre logran reconstruirlo todo pero lo intentan y de muy buena voluntad. Y algunos se dieron cuenta de que, a veces, las ruinas ya tienen su belleza propia y su particular vegetación enredada…con florecillas y todo. A éstas no hace falta ni siquiera regarlas, solo hay que encontrar la forma de destacarlas dentro del conjunto de piedras antiguas.

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  4. Hola Elena,
    como una imagen vale más que mil palabras aquí dejo a Vincent van Gogh. Es un cuadro que pintó en 1890 representando a un anciano aquejado de un grave trastorno mental (quizá un tipo de psicosis que incluía estados de fuerte depresión), en él se muestra la desesperación de quien la sufre.

    Un abrazo

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  5. Pingback: Espirales negativas: depresión

  6. Una vez leí que los asesinos también tenían un asunto con la amígdala y la corteza prefrontal. Claro que yo no puedo explicar bien de qué se trataba, pero sí recuerdo que me sorprendó y me produjo congoja. ¿Cómo se puede juzgar a un delincuente que no ha podido evitar el ataque? ¿El odio hacia uno mismo también genera delincuencia o, por el contrario, provoca personas pasivas, víctimas indefensas de un mundo que nos pretende a todos iguales, alegres y enérgicos?
    ¿Cómo sería un mundo sin seres depresivos? ¿Sería acaso un mundo mejor? ¿Hay sitio para el arte en un mundo de seres “equilibrados”, en un mundo perfecto?

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  7. Si tenemos mucho miedo, la necesidad imperiosa de salvar la integridad física puede llevarnos a hacer el muerto para pasar inadvertidos, a huir, o a atacar antes de ser agredidos -y, tal vez, matar al contrincante. Estas reacciones las coordina la amígdala. Pero los peores asesinos son los que matan en frío, y hasta donde yo sé el sistema de justicia lo considera así también.
    ¿Un mundo sin seres depresivos? Mucho más pobre. Cómo vamos a borrar el azul de entre los colores visibles.

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  8. Mmmm, cuántos hilos para bordar, cuántos matices dejas ver en tu escrito.
    Observo que el ser humano del psicoanálisis y el de la terapia cognitivo-conductual es el mismo. Los términos todavía diferentes. Me encanta poner un “y” donde había “o”.
    Benidta tu claridad.
    Un beso y un saludo.

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