Wasted

Tal vez en los últimos cincuenta años la mayoría de las personas que desarrollan bulimia o anorexia han comenzado a comer mal y a purgarse llevados por el deseo de tener un cuerpo a la moda. Pero, ¿y en otras épocas, antes de Barbie y de Twiggy? ¿qué hay antes, qué hay más allá de la aspiración a cierto ideal de belleza física? ¿qué es lo que atrapa a estos enfermos como si se hubieran vuelto adictos a alguna droga potentísima?

Hace quinientos años San Pedro de Alcántara, religioso franciscano, no comía sino pan duro y agua, y en días festivos algunas hierbas cocidas sobre las que echaba ceniza o algún polvo amargo. Así consta en la crónica de su vida que escribió Fray Juan de San Bernardo (puede leerse en Google Books). “Esta corta y áspera porción la tomaba a tercer día, y muchas veces se pasaba seis, y aún ocho días sin comer…” Si le ofrecían un caldo en el cual habían puesto a escondidas “alguna intrínseca substancia”, lo rechazaba tras probarlo. “Era tan extremada su flaqueza”, escribió sobre él su amiga Teresa de Ávila, “que no parecía sino hecho de raíces de árboles”. Alguna vez le preguntó Teresa cómo era posible comer sólo cada tercer día. “Díjome a mí” -escribe la de Ávila- “que de qué me espantaba, que muy posible era a quien se acostumbraba a ello”. Sin duda, comenta Teresa de Ávila, era la fuerza del espíritu lo que sostenía a ese cuerpo tan frágil.

La belleza física era lo de menos en aquellos tiempos furiosamente dualistas, en los que se daba por hecho que el alma inmortal vivía prisionera en un cuerpo de barro y que quienes aspiraran a la perfección espiritual habrían de tratarlo como si fuera una mala bestia, y ansiar la muerte como liberación. Más perfecto se era cuanto menos obediente a las flaquezas del cuerpo: al hambre, al frío, al sueño, a la sensualidad bajo cualquiera de sus formas. Quienes lograran derrotarlas se ganarían el cielo, para siempre. Una justificación cultural o religiosa muy compleja para conductas tan parecidas a las que ahora llamamos “trastornos de la conducta alimentaria” y “automutilación”.

Leí en estos días Wasted, la memoria de Marya Hornbacher sobre sus batallas con la bulimia y la anorexia. A los quince años de edad decidió que ya no quería ser bulímica; había comenzado a purgarse a los nueve años, cuando al entrar a la pubertad mucho antes que sus contemporáneas se convirtió en el blanco de las burlas de los chicos. A los quince años quería hacer borrón y cuenta nueva y ser (escribe ella) “una persona cuyas pasiones fueran no hedonísticas, sino ascéticas… cuyo cuerpo quedara en segundo lugar, siempre, después de su mente y su dedicación al arte. No tenía paciencia con mi cuerpo. Quería que se fuera para poder ser una mente pura, un cerebro andante, admirada y aclamada por mi increíble dominio de mí.” Dejas de ver tu cuerpo como algo valioso, que siente y piensa para ti, nos dice Hornbacher, y comienzas a verlo como un apéndice indeseable. Así “muy dentro de ti comienzas a creer que la vida no vale la pena por sí misma… La vida y uno mismo son mucho menos importantes que la entrega absoluta” ¿al propósito de bajar de peso? ¿o más bien a “la ilusión grandiosa de ser sobrehumana”?

En el epílogo del libro, escrito unos años después de regresar de los umbrales de la muerte por inanición, Hornbacher nos dice que no es posible sanar si no aceptamos que la condición humana es imperfecta, que We cannot be better than human.

Wasted (en español Días perdidos) es lectura indispensable para quienes se interesen en el tema de los trastornos de la alimentación -y para quienes quieran entender las exageraciones del ascetismo. Además, Hornbacher escribe muy bien.

5 pensamientos en “Wasted

  1. Felicidades Elena, coincido contigo que para entender la mente de quienes padecen esta terrible enfermedad, este libro es mejor que cualquier tratado de psiquiatría. Desgarrador ¿no te parece? Un fuerte abrazo.

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