Un israelí cervantino

Tuve la suerte de encontrarme la semana pasada con una maravillosa novela de David Grossman, La vida entera, que leí al tiempo que llovían bombas sobre Gaza. Digo suerte, porque la de Grossman es una de esas raras voces que saben llamar a la cordura desde el vórtice de la rabia, la desesperanza y el miedo, desde esa HaMatzav (“la situación”, término con el cual los israelíes se refieren al conflicto palestino) cuya inevitabilidad no se cansa de cuestionar.

No sé si “la vida entera” sea una traducción literal del título en hebreo. Pero veo que a los tres protagonistas -Ora, Avram e Ilan- se les va la vida entera a la sombra de la guerra. Traban amistad y se enamoran durante la Guerra de los Seis Días (junio de 1967), cuando a los 16 años, muy enfermos de hepatitis, los aíslan en un pabellón de infecciosos. De noche se quedan solos y a oscuras. Entre delirios febriles que les impiden distinguir cabalmente los sueños de la realidad, se visitan y hablan de sus vidas para llenar las horas de insomnio. No pueden verse: está prohibido alumbrar, por los bombardeos, así que se conocen sólo a través de sus voces y de alguna caricia tímida, hasta que ella consigue unas cerillas y a su luz logran mirarse por unos segundos, quemándose los dedos cuando la llama los alcanza.

Esto es apenas el así titulado “Prólogo, 1967”. La escena siguiente nos lleva al año 2000, con Ora a bordo de un taxi rodando lentamente entre ambulancias y vehículos militares rumbo a la frontera con Cisjordania, junto a su hijo que lleva uniforme militar y un rifle que apenas cabe en el auto. Cuando llegan a la base militar donde se reúne a los chicos que participarán en una operación antiterrorista, el ambiente está cargado de una alegría forzada que quisiera parecerse a la de una despedida de viaje escolar. Hay familias y novias y grupos que se hacen fotos ante las cámaras de televisión. -“¿Qué puede un hijo decirle a su madre en un momento como éste?”- pregunta un periodista. “Que ponga a enfriar la cerveza mientras vuelvo”, responde el chico. Momentos antes, al bajar del taxi y sin testigos, han sido otras sus palabras. “Mamá, ¿qué  te pasa? ¿Un taxista árabe? ¿Y si lo encuentran y piensan que ha venido a suicidarse?”- El taxista en cuestión ha sido el chofer de confianza de la familia desde hace veinte años. Pero la sombra de la guerra todo lo tuerce.

De vuelta en casa, Ora no soporta quedarse a la espera de malas noticias y decide emprender a solas una caminata por Galilea, lejos de teléfonos, periódicos y grandes poblados. A última hora arrastra consigo a Avram, que desde la guerra de Yom Kippur (¡de nuevo la guerra!) ha procurado mantenerse ausente de sí mismo, reducida su vida interior a niveles casi imperceptibles. Se echan a andar por el campo en medio de una primavera amable. Ella elige un sendero cualquiera, él se deja llevar, y mientras caminan hablan de sus vidas. Al volver sobre la espesa trama de los amores y amistades entre ellos dos e Ilan, el marido de Ora, logran quedarse unos días a la vera del tiempo que pasa, como entre paréntesis; ella rehace en la memoria la vida del hijo que se le va y él mira cómo su alma desolada reverdece.

A nada me recuerda más esta novela de David Grossman que a Cervantes. Por su tranquila aceptación de que aún con las mejores intenciones se hace daño, de que es imposible erradicar el mal pero sí podemos limitarlo. Y porque, pase lo que pase, se niega a dejarse caer en la desilusión y el cinismo.

Nos cuenta el autor en el epílogo que escribía con el deseo de preservar la vida de su hijo menor, que cumplía por entonces con su servicio militar. Casi había terminado la novela cuando Uri Grossman murió en combate. David Grossman, que habla con soltura el árabe, no ha dejado por ello de alzar la voz a favor del pueblo palestino.

3 pensamientos en “Un israelí cervantino

  1. Querida Elena:
    Estoy por empezar a leerlo, no puedo esperar más. averigüe el título original en hebreo es “Isha Borachat Mi’bsora” – “una mujer que escapa del mensaje”. Gracias por la recomendación. Un beso

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  2. Hola Elena,
    “llamar a la cordura desde el vórtice de la rabia, la desesperanza y el miedo”, cuánta falta hace en nuestros tiempos y qué difícil es ponerla en práctica. Gracias por la recomendar esta novela, me la apunto.
    Un saludo

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  3. Pingback: El libro de la gramática interna | diasdeandar

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