Genius loci

De un tiempo acá, me tiene ocupada la cuestión de lo que implica el desbaratarse la casa en la que uno creció. La gente se muere o se va, las cosas abandonadas por sus dueños envejecen y crían polvo, la casa misma tal vez sea vendida o derruida. Habrá que vaciarla. Habrá que andar por los rincones, entre telarañas, recogiendo cachivaches que no son más que cáscaras incapaces ya de evocar nada. O tal vez aparezca por allí algún tesoro perdido que halle su sitio en la vida de hoy, para que se cumpla aquello de “lo que heredaste de tus padres, gánatelo, para que sea tuyo” – y entonces, maravillosamente, el genius loci de la casa en ruinas encuentra un nuevo aposento, en vez de consumirse y palidecer conforme se apagan los recuerdos de quienes lo conocieron animando una casa luminosa.

Leía la semana pasada una novela prolija, desesperante, y sin embargo maravillosa por sus momentos de intensidad cegadora en medio de montañas de trivialidad – La muerte del padre, primer tomo de los seis de la autoficción de Karl Ove Knausgaard (el original noruego se llama provocadoramente Min Kamp, “Mi lucha”). El protagonista tiene veintitantos años, está recién casado y hace tiempo que no ve a su padre cuando recibe la noticia de su muerte. Al llegar con su hermano a la casa de la abuela, donde el padre se había retirado al jubilarse, encuentra a la anciana incontinente y enferma de Alzheimer, viviendo sola entre pilas de ropa sucia y botellas vacías. Todo huele a orines y excremento. Es que el padre se había encerrado a beber y no dejaba entrar a nadie a la casa, ni siquiera a la asistente doméstica; de vez en cuando salía a comprar más alcohol o comida preparada, o se los hacía traer. Había sido un maestro de escuela sumamente exigente con sus hijos y muy dado a avergonzarlos ante la menor falta, y eligió terminar sus días en el suicidio lento del alcohólico, aislado de todo y de todos excepto de su madre, a la que inducía a beber con él. Es ella quien lo encuentra muerto en un sillón.

A esto me refiero cuando digo que la casa se desbarata. No es solamente la ruina de puertas, tuberías y menaje de casa, sino la claudicación en sus costumbres más preciadas de quienes sostenían el día a día característico del lugar, ya sea por cansancio, por enfermedad o por falta de voluntad. A pesar de estar habitada aún, la casa ha sido abandonada por su genio tutelar.

Así las cosas, los dos hermanos se hacen cargo de contratar los servicios funerarios y hacen frente a la mugre de tres años, armándose de cubetas, cepillos, escobas y mucho jabón, mientras la abuela fuma en la cocina sin advertir que está sentada sobre un charquito de orina. Trabajan el día entero en sendas zonas de la casa, porque el protagonista quiere recibir allí a quienes asistan al funeral, quiere resarcir a la casa de la ruina que sobre ella trajo el padre como si la casa fuera la familia misma. Se echa a llorar a escondidas mientras lucha por devolver al lavabo y al inodoro el color que tenían cuando él era niño, mientras levanta la cochambre del pasamanos de la escalera, o cuando, por debajo del hedor a basura, le llegan atisbos del aroma único de la casa.

La novela (cuyo autor aparece arriba) cierra sin que sepamos si el protagonista logró recuperar al genius loci del hogar de sus abuelos. Por mi parte, hago lo posible por que el genio tutelar de mi casa no la deje mientras vivamos en ella.

2 pensamientos en “Genius loci

  1. Que real y dura novela, lo más duro es su semejanza con la experiencia de la vida. Como hija y nieta me llevaste a recordar a mi madre “desarmar” la casa de mis abuelos y el torbellino emocional que provoca en toda la familia, sin duda un tema que da para pensarlo desde varios ángulos….. Gracias como siempre

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