Borrar la huella del trauma

En las últimas páginas de La leona blanca, la novela de Henning Mankell, el comisario Wallander se retira por enfermedad de su quehacer policial. Se siente muy mal desde hace un mes, cuando mató en defensa propia a un hombre y causó la muerte de otro en un accidente muy aparatoso. Está angustiado de continuo, huye de la gente, tiene insomnio y si por fin logra dormir lo despiertan pesadillas en las que vuelve a ver al malhechor a quien perseguía, atrapado dentro de un auto en llamas. Tras un año entre la borrachera y el pánico, tras un par de viajes insensatos al trópico de los que apenas logra regresar, se desvanecen poco a poco sus fantasmas. Deja de beber y, cuando un viejo amigo le pide ayuda, vuelve al trabajo.
Mankell nos ha dado en su novela un ejemplo de trastorno de estrés postraumático (PTSD por sus siglas en inglés, ¡qué feos nombres inventan estos taxónomos americanos!) mucho más interesante de leer que los del libro de casos del DSM 5. Algunos de los componentes del síndrome, como el insomnio y la pérdida de interés en las cosas que daban antes sentido a la vida, lo asemejan a la depresión. Otros, como la angustia y los ataques de pánico, a los trastornos ansiosos. Pero lo que es único del estrés postraumático es su peculiar desarreglo de la memoria, con esos recuerdos a la vez hiperintensos y llenos de lagunas, recuerdos que regresan sin que se les llame, en pesadillas o en revivencias del trauma, y que por más que el tiempo pase no pierden su poder de hundir en el horror nuevamente a quien los padece. Es que la memoria del miedo tiene sus propias reglas, que son semejantes a las descritas por Pavlov en los experimentos de condicionamiento clásico, esa forma de memoria anterior al razonamiento y al lenguaje. Cuando un estímulo va seguido repetidamente por otro, basta con presentar el primero para que el animal responda como si se hallara frente al segundo. La ligazón entre ambos estímulos puede extinguirse con el tiempo, pero puede también recuperarse más tarde con toda su fuerza. Alguien sobrevivió al terremoto de 1985 que derribó tantos barrios de la Ciudad de México, tras quedar atrapado varias horas y perder a su familia. Muchos meses de culpa, ansiedad, pesadillas, mareos. Con los años, los síntomas han desaparecido y la vida sigue -pero un nuevo sismo, de esos que cualquier día sacuden mi ciudad, puede traerlos de vuelta. Bastará incluso con el sonar de las sirenas de la alarma sísmica para desencadenar un ataque de pánico. Pero hay también quienes, habiendo sufrido lo mismo, han dejado por completo de revivir el trauma -alrededor del 60% de quienes enferman de estrés postraumático. ¿Por qué?
Freud decía, a propósito de las neurosis de guerra (así se llamaban entonces), que la persistencia de los síntomas a lo largo de los años tendría que ver con lejanas vivencias infantiles. Existan éstas o no, sabemos ahora que a nivel biológico la modulación de la intensidad de los recuerdos terroríficos depende del sistema endocanabinoide, y que en animales es posible facilitar la extinción del condicionamiento mediante la administración de sustancias que actúen sobre estos receptores. De manera semejante, las únicas sustancias capaces de apagar las pesadillas y las revivencias traumáticas en el ser humano enfermo de PTSD son los canabinoides, de ahí que en 5 estados de la Unión Americana sea legítimo prescribir cannabis para tratar el estrés postraumático. No es forzoso acudir a la marihuana: la nabilona, canabinoide sintético que se usa como auxiliar en el tratamiento del dolor crónico, logra en la mayoría de estos casos la desaparición de las pesadillas o una notable disminución en su intensidad.

2 pensamientos en “Borrar la huella del trauma

  1. Hola Elena,
    en este excelente artículo (como es habitual en tus posts) acabas de describir un síndrome como es el estrés postraumático que es muy difícil de definir (al menos en mi humilde opinión pues ya sabes que no domino el tema). Como bien dices la, depresión,ansiedad… son características que se entremezclan en él pero algo que la caracteriza es ese “desarreglo” de la memoria.
    Quien ha padecido este síndrome (o si alguien conoce a alguien que lo ha sufrido) bien sabe el padecimiento que produce (durante mucho tiempo y en ocasiones durante toda la vida). Esta “memoria del miedo” es lo que hace que se pueda perpetuar en el tiempo prolongando la angustia del paciente y “condicionándolo”.
    Desconocía este uso terapéutico del cannabis en este síndrome en concreto. Ha sido muy didáctico leérlo y como siempre me acercas una especialidad médica que (debo reconocerlo) la he tenido un poco apartada en mi práctica.
    Gracias por compartir y un saludo.

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