Adviento neurobiológico

Estamos ya, comenzando diciembre, en la época del año que en la tradición cristiana se llama Adviento, de adventus, que en latín quiere decir llegada. La llegada de Dios como niño al seno de una familia humana, misterio gozoso (así le llamábamos al rezar el rosario) para los creyentes que ven en él amor, fraternidad y paz para los hombres de buena voluntad.

Ya no creo en un Dios personal. Pero esta pieza central de la mitología cristiana sigue siendo para mí un “misterio gozoso”, aún más que antes, de niña, cuando la leyenda de la Navidad me parecía tan indudablemente cierta como la conquista de México.

Una mujer muy joven ha dado a luz a su primer hijo. Ha parido sin ayuda, como suelen hacerlo otros mamíferos, y debe acostar al niño allí donde los animales del establo se alimentan. Esta historia, que en el catecismo me contaron mil veces explicándome que Dios quiso ser humilde y venir al mundo entre los pobres, ahora me habla de nuestra profunda hermandad con los demás seres vivos.
Cualquier mamífero depende de su madre al nacer. Gracias la intensa liberación de oxitocina que acompaña al parto, la madre se apega al hijo y lo cuida como cuida de sí misma, lo alimenta y es capaz de poner su vida en peligro por él. El sufrimiento del pequeño le resulta insoportable. The mother rat behaves as though the newborn pups are included in her basic homeostatic ambit … It is as though the golden circle of me expands to include my helpless pups – escribe Patricia Churchland,, filósofa con un especial interés en neurociencias, en su libro sobre los orígenes neurobiológicos de la moral.
Deseamos sentirnos protegidos en el seno de la familia y el grupo, y evitamos la ansiedad y el dolor del rechazo social. Lo “bueno” propicia la unión; lo “malo” conduce al aislamiento; uno y otro tienen sus correlatos anatómicos y hormonales propios.

La plataforma neural que hace posibles estas conductas de apego es básicamente la misma en nosotros que en los demás mamíferos, la misma en Jesús, María y José que en el buey, el burro y las ovejas que según la leyenda los acompañaban junto al pesebre: oxitocina para alimentar y abrigar a la cría, vasopresina para defender el nido. Hormonas de estructura sencilla -apenas nueve aminoácidos cada una- a cuyos genes se les calcula una historia de 500 millones de años, porque son tan viejos como los primeros vertebrados. En nuestra especie, que para reproducirse exitosamente necesita amparar a sus crías en el seno de una familia durante años, las funciones biológicas de la oxitocina y la vasopresina van mucho más allá de regular la homeostasis del agua y la sal y desencadenar la lactancia o el parto. Por ejemplo, facilitan la persistencia del amor de la pareja, promueven la confianza entre los miembros de la familia o el grupo, y aumentan la sensibilidad a las emociones de los otros.

Lo específicamente humano es aquí nuestra capacidad para extender el círculo de la familia hasta abarcar al planeta entero, valiéndonos de categorías simbólicas que convierten en hermanos potenciales a todos los integrantes de la especie. No nada más mis amigos, mis mascotas o mis correligionarios me son cercanos: también pueden serme próximos -prójimos- todos aquellos desconocidos que necesiten de mí y junto a los cuales, como el buen samaritano, decida yo detenerme.

Este es el gran misterio que celebro: a través de 500 millones de años de evolución, la disposición a amar a mis semejantes llega a mí y se me concede por el simple hecho de haber nacido en el seno de la gran familia humana.

13 pensamientos en “Adviento neurobiológico

  1. Hola Elena,
    ¡magnífica reflexión!
    El parto, cualquier parto, es un milagro. Un milagro de vida difícil de comprender hasta que no lo vivimos por nosotros mismos como padres. De tu entrada quizás me quedo con esta frase:
    “Lo específicamente humano es aquí nuestra capacidad para extender el círculo de la familia hasta abarcar al planeta entero”.
    Aunque universal quisiera individualizarla en una persona. Hoy 6 de diciembre ha fallecido Nelson Mandela (o como le conocían en el continente africano, Madiba). Su humildad, pasión y humanidad le hacen merecedor de ser el padre de esta “gran familia humana”.
    Dejando de lado la oxitocina, la vasopresina y otras hormonas, probablemente hay aspectos en esta vida que nos trascienden y no sepamos (ni podamos nunca) explicar del todo. Una de ellas es este amor al prójimo.
    Un saludo.

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  2. Coincido, en todo, con lo que ha dicho nuestro amigo Francisco Javier. Pero yo, a partir de esta noche, voy a mirar a la oxitocina y a la vasopresina con otros ojos… con un amor que antes no les tenía, pensando en la madre, en la esposa, incluso en la hija que un día hará más numerosa la familia. ¡Qué misterio tan hermoso!
    Gracias una vez más, Elena. Y feliz Adviento para todos.

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  3. Interesantísimo. Más que las hormonas, el hecho de que haya alguien que hable de lo “bueno” y lo “malo” como algo que tiene mucho que ver con la biologia y la supervivencia de la especie.

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    • Perdón por tanta hormona, pero como soy médico me fascinan. Tienes razón, más fascinante aún es el hecho de que la noción de lo moralmente bueno venga desde el cuerpo, que solía considerarse nuestra parte corruptible, mortal y menos valiosa.

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      • No es que no me interesen las hormonas; somos colegas, y trabajo con las consecuencias de la acción más clásica de la oxitocina… Lo que pasa es que he dado muchas vueltas al asunto del bien y del mal, llegando a conclusiones coincidentes con lo que me has descubierto ahora aquí, y claro, ¿a quién le importan los péptidos cuando tiene el ego por las nubes? :-)

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  4. Somos pura química en un inmenso laboratorio. Nuestro propio conejillo de indias. Gracias, Elena. Y feliz año nuevo para ti, querida.

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  5. Elena, me gusta mucho la distancia desde la que observas las cosas. Es una perspectiva que me agrada compartir. Tu explicación está llena de belleza. Coincido con lo que dice más arriba José Luis. Un abrazo y que tu celebración del misterio sea gozosa.

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