Más estrés: Neurosinfonía

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Esta señora de la foto es Marian Jöels, primera autora de un hermoso artículo llamado “The neuro-symphony of stress” publicado en 2007 por Nature Reviews Neuroscience. Jöels, bióloga especializada en neurociencias, trabaja en la Universidad de Utrecht.

La analogía musical del título está muy bien empleada. Lo que el otro día llamé la cascada hormonal del estrés no es para Jöels y Baram un torrente que arrastra, sino el concierto amistoso de una serie de agentes en pos del mismo fin: llevar con bien al organismo a través de un paso difícil.
Estrés, para las autoras, es un estado subjetivo que resulta de la percepción de cambios potencialmente adversos en el ambiente – temperatura exterior muy alta, concentraciones de glucosa muy bajas en plasma, deshidratación, ausencia de la persona amada, presencias hostiles, etc. -. En respuesta al estrés se liberan moléculas mediadoras que, al unirse a sus correspondientes receptores, ayudan al organismo a adaptarse a los cambios ambientales. Se las agrupa en tres tipos principales: monoaminas, péptidos, y corticosteroides. Cada grupo tiene su dominio temporal (segundos, minutos a horas, días a meses) y sus propios nichos espaciales (determinados lugares de origen, determinados destinos).

El primer dominio temporal les pertenece a las monoaminas: noradrenalina, dopamina y serotonina. Sus nombres son familiares aún para los ajenos a la biología o la medicina gracias a que la curiosidad por los asuntos cerebrales ha permeado la cultura popular, así como hace años lo hizo la formulación psicoanalítica de los problemas mentales. Muy oportunamente, los núcleos productores de monoaminas están en el tallo cerebral, en la zona que sustenta las funciones vitales más básicas: oxigenación, tensión arterial, control térmico. En cuestión de segundos, las monoaminas producen respuestas específicas en sus diversos puntos de destino. Además de la muy conocida preparación de corazón y músculos para la fuga o el ataque, el peculiar estado de alerta que propician nos aleja de la percepción minuciosa del detalle para facilitarnos una visión panorámica de la situación, una buena apreciación de sus riesgos y una decisión consecuente. Las cosas pueden quedar allí: por poco me atropellan, pero salté a tiempo. Un susto, un gran alivio. Y ya.
Si, en cambio, la amenaza persiste, tocará el turno a los mediadores de acción más lenta y prolongada. Minutos a horas, a días, a meses. Hay que resistir. Hay que grabar en las células la huella de lo ocurrido, hay que echar mano del acervo genético que nos llega desde aquel tatarabuelo nómada y cazador, desde aquella bisabuela que por primera vez ordeñó una vaca y esquiló una oveja. Estos mediadores son los péptidos (CRH y ACTH), cuya meta principal es incrementar la producción de corticosteroides. En unas horas, los corticosteroides recién liberados llegan al núcleo de la célula y modifican la expresión del material genético, poniéndola al día con los últimas exigencias del ambiente.
¿Y si la amenaza es abrumadora, irremontable? ¿O si hay que enfrentarla en soledad, y parece no acabar nunca?
Al cerebro no le sienta bien el estrés crónico. Tras varias oleadas de glucocorticoides, el nacimiento de nuevas neuronas en el hipocampo se detiene y las dendritas de las neuronas maduras en muchas otras zonas pierden ramificaciones. Menos dendritas, menos sinapsis, conexiones neuronales empobrecidas. El pensamiento es lento, descolorido, pesado. El aprendizaje y la memoria sufren.
Excepto en la amígdala, en donde las arborizaciones dendríticas se diría que florecen, para favorecer esos encarnizados ataques al ego tan bien descritos por S. Freud en su ensayo Duelo y melancolía (1917).
El pobre ego, aquí representado por el hipocampo y la corteza prefrontal, no está en su mejor momento.
Continuará…

8 pensamientos en “Más estrés: Neurosinfonía

    • Pues sí, a mí también me estorbaba un poco tanto nombre y quité unos cuantos. La analogía musical me gustó porque creo que los músicos trabajan precisamente volviendo audibles (y contagiosos) sus propios ritmos somáticos y afectivos. Esos ritmos que, para el científico, consisten en cascadas de moléculas tan tediosas de enumerar. Cada quien contempla la abundancia de la vida desde el rincón de sus aptitudes.
      Gracias por comentar.

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