Pesadillas: parasomnias

Cada noche, durante los períodos de sueño REM, sobreviene una atonía muscular que nos impide movernos. Así, el acontecer onírico se desenvuelve solamente en los mundos internos, sin que el cuerpo corra ningún peligro cuando es necesario volar, sumergirse o pelear.

Si falla la delicadísima coreografía neuronal que nos permite caer en la atonía y recuperarnos después, al emerger del sueño, sobrevienen una serie de síntomas extraños. El soñante que conserva el tono muscular manotea, muerde, grita, patea y llega a ser un peligro para su compañero de cama. Si se le despierta, suele recordar sueños vívidos, angustiantes, poblados de perseguidores o enemigos. Los neurólogos se refieren a este problema con el nada poético nombre trastorno de conducta del sueño REM (es diferente del somnambulismo, que ocurre durante el sueño no-REM y no suele asociarse a recuerdos oníricos). En los casos más sencillos, lo que hay detrás es el uso de ciertos medicamentos – como el propranolol, un antihipertensivo, o el LEXAPRO, un antidepresivo. O la abstinencia tras el consumo prolongado de alcohol o sedantes.

Hasta la mitad de las personas que padecen enfermedad de Parkinson tienen esta anomalía del sueño REM, en muchos casos desde años antes de presentarse el temblor y la rigidez parkinsonianos. Esa ausencia de movimientos expresivos, ese quedarse congelado a mitad de alguna acción sencilla que todos hemos visto en algún familiar o amigo aquejado de Parkinson, son las manifestaciones avanzadas de un proceso degenerativo que, en un inicio, apenas se dejaba ver como pérdida de la atonía normal durante el sueño REM. Tristemente, al no poder desligarse el soñar del pesado sistema musculoesquelético, también los contenidos oníricos se rigidizan: abundan las pesadillas, predomina la agresión.

Hay también casos en los que, por el contrario, la atonía del sueño REM persiste dos o tres minutos más allá del despertar. La persona está ya cabalmente alerta pero no puede moverse, siente que se ahoga, que algo o alguien le oprime el pecho (porque la atonía muscular no le permite respirar sino con el diafragma), que la rodean vagas presencias hostiles. Surgen alucinaciones visuales que son como imágenes oníricas contempladas a ojos abiertos. La experiencia es terrorífica. De ahí los íncubos, demonios y malos espíritus de toda ralea. Todo ello, junto con la posición en decúbito supino que sabemos facilita la aparición de los episodios de parálisis, está en cualquiera de las tres versiones de la famosa Nightmare que pintó Fuseli en 1781.

Detrás de estas visiones espantosas hay tal vez un estado crónico de hipervigilancia y privación de sueño, tal vez un trastorno por stress postraumático. Su elaboración en el folklore las transforma en secuestros por extraterrestres, en coitos con el demonio, en experiencias paranormales de diversos tipos – muy lejos todas ellas del gabinete de polisomnografía. Me pregunto cuántos casos no reconocidos de parálisis del sueño habría detrás de los supuestos recuerdos de abuso sexual recuperados durante psicoterapia, en los años noventa…

 

Sobre enfermedad de Parkinson y sueño REM: 

A. Jáuregui-BarrutiaB. Tijero-MerinoJ.C. Gómez-EstebanJ.J. Zarranz
 Trastornos del sueño en la enfermedad de Parkinson: trastorno de conducta del sueño REM y síndrome de piernas inquietas  REV NEUROL 2010;50 (Supl. 2):S15-S19]

 

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