Fantasmas

“Todo empezó en otra ciudad y en otra vida, anterior a ésta de ahora pero posterior a aquélla.” Así dice Valeria Luiselli en el arranque de Los ingrávidos, novela de fantasmas. Hay en ella recetas para crear fantasmas juguetones, como Consincara, que comparte la vida en México de la familia de la narradora. O fantasmas inquietantes pero benignos, como el de el poeta Gilberto Owen, parásito de la narradora en su vida anterior y neoyorquina.

Como buenos fantasmas para los cuales las barreras del tiempo y el espacio que rigen para nosotros no existen, a éstos les da lo mismo manifestarse en uno u otro de los escenarios en los que tiene lugar la acción de la novela. Owen recorre los andenes del metro de Nueva York en 1928 y a la vez los comparte con la narradora a principios del siglo XXI; la narradora, desde su casa de México, le inventa a Owen una vida fantasmal, de adivinador del futuro y conversaciones que no ocurrieron nunca.

Uno de estos personajes con los cuales Owen nunca se encontró (Horace Collyer, el atesorador neoyorquino que murió atrapado entre sus tiliches) le dice a Owen en la página 113 algo que se me quedó grabado:

 “La gente se muere, deja irresponsablemente un fantasma de sí mismo por ahí, y luego siguen viviendo, original y fantasma, cada uno por su cuenta.

Aclaro que en esta novela “morirse” es pasar a otra etapa de la vida, o irse a otra ciudad, o atravesar un gran peligro aunque sea imaginario. Todos los personajes vivos se dan el lujo de morirse varias veces. Yo no tantas, pero creo que sí he dejado algún fantasma desamparado en la vida de quien me recuerde como fuí hace veinticinco, hace treinta o treinta y cinco años. Sucede también que la gente querida u odiada a la que no volví a ver aparece en mis sueños como era entonces, y despierto tratando de imaginar en dónde andarán, cómo habrán escrito su historia, qué rostro llevarán ahora. Sus fantasmas siguen conmigo, porque a los originales los perdí.

Por una coincidencia de las que abundan en la novela de Luiselli, me cayó en las manos a la vez que ésta una de Murakami, Al sur de la frontera, al oeste del sol¿Qué fue de mi amiga, mi alma gemela, mi amor más grande? – se pregunta durante muchos años el protagonista. Cierto pudor le ha impedido buscarla. Cuando se encuentran, una serie de indicios muy sutiles nos mantienen en la sospecha de que tal vez esa mujer bellísima en  la que se ha convertido la niña de veinticinco años atrás sea ¿un fantasma? ¿el soñar despierto de un hombre que llega al umbral de la madurez y casi se muere de nostalgia cuando piensa en lo que pudo haber sido?

En palabras de Owen,

Te cambio por tu sombra y te dejo como sin pies sin ella                                                                                                  (…)                                                                                     Ya me hundo a buscarme en un te amé que quiso ser te amo.

 

Valeria Luiselli, Los ingrávidos. Editorial Sexto Piso, México, 2011.

Gilberto Owen, Libro de Ruth, en Obras, Fondo de Cultura Económica, México, 1979.

 

4 pensamientos en “Fantasmas

  1. El problema de los fantasmas es justamente ese, que no mueren; escribí el otro día en un texto breve. Como mucho se mudan de casa. Un abrazo.

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