Atesoradores

La palabra en inglés es hoarders. Hoarding es el nombre del trastorno mental que padecen, según el DSM V (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, 5th. Version) de la Asociación Psiquiátrica Americana. Hasta mayo de este año, la compulsión por acumular cosas hasta el punto de llenar con ellas la casa y no poder desprenderse de ninguna estaba entre las posibles manifestaciones del trastorno obsesivo-compulsivo. Pero en la nueva clasificación, este comportamiento tiene capítulo aparte.

Los atesoradores, según el manual (vituperado por llamar trastorno mental a una serie de conductas comunes), tienen una enorme dificultad para deshacerse de sus cosas, aunque ya no sirvan, porque les duele mucho dejarlas ir. Dicen que no quieren perder los recuerdos ligados a una camisa gastada, a un juguete viejo, al programa de un concierto de hace siete años. Aquellas pequeñas cosas que canta Serrat.

Alguna razón tienen. Los recuerdos de las experiencias que me han dejado huella se almacenan guardando en bloque las sensaciones de entonces junto con mi estado emocional, y por eso hay momentos, tal vez años más tarde, en los que un objeto, un sonido o un aroma me asaltan y me envían en viaje relámpago hacia el pasado. Es la magdalena en la taza de té de Proust y también el arranque de Tokio Blues de Murakami, en donde el disparador de una avalancha de recuerdos dolorosos es Norwegian Wood escuchada en un avión que toca tierra.

Estos momentos son fortuitos y mágicos: no podemos producirlos a propósito y ocurren muy de vez en cuando. Parece como si los atesoradores, con su colección de pequeñas cosas, quisieran tener a la mano los medios infalibles para convocarlos – o exorcisarlos. Como si quisieran congelar el flujo perpetuo de la memoria. Tengo que poner el recuerdo fosilizado en un estante, o si no la historia de mi vida como quiero contarla se me desbarata.

Hay también la adquisición en exceso de objetos a los que se confiere valor afectivo, no necesariamente relacionado con los recuerdos personales, sino con el apuntalamiento de la autoestima o con la necesidad de conjurar la soledad. Así como nos cuenta Lampedusa en su novela El Gatopardo que hacían las hijas solteronas del príncipe Salina: acumulaban reliquias de santos de procedencia dudosa, imaginando que conservarían por ello un lugar especial a los ojos de la Iglesia Católica.

De regreso al manual, que no atiende al porqué de las conductas que describe. Las cosas atesoradas van llenando el espacio habitado hasta entorpecer seriamente el fluir de la vida diaria. Ya no es posible mantenerlas limpias; acaban por covertirse en un criadero de alimañas y posible trampa mortal para sus dueños (véase la historia de los hermanos Collyer). A partir de aquí se dice que existe un “trastorno”, un problema de salud mental. Y así se ha puesto de moda en la cultura popular americana. Hay, por ejemplo, un episodio de la serie CSI en el que el equipo de investigadores forenses encuentra cadáveres en una casa repleta de pilas de periódico y cajas de ropa vieja.

3 pensamientos en “Atesoradores

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