Algo sobre Pizarnik

Alejandra Pizarnik tenía veintidós años y quería comerse el mundo.
…Quiero leer filosofía y ocultismo. También quiero pintar y aprender inglés y alemán… (abril de 1958). Estas ansias por abarcarlo todo alternan en su diario con la observación al detalle de sus propios procesos mentales (Pienso en mi neurosis. La odio porque no me permite pensar coherentemente), con un ir tomando conciencia de qué le sería dado lograr literariamente y qué no, por ser ajeno a su temperamento. Leía muchas novelas y quería escribir una, pero se dio cuenta muy pronto de que no era ese su camino. No puedo describir una acción continuada, que se deslice naturalmente. ¡Ah! es que mi fluir interno no transcurre así… La única poesía que puedo concretar es la expresión de mi suceder anímico, escribe en su diario en 1958.

Siguieron años de escribir encarnizadamente, años de leer a todas horas, o a ninguna cuando la atenazaba la angustia. Años de afirmarse en su vocación de poeta. La tentación de escribir una novela equivale a golpear -a seguir golpeando- en la puerta de la realidad cotidiana que execro (1963).

Si hemos de creerle a su diario, nunca acabó de sentirse cómoda en esa serie de convenciones que llamamos “realidad cotidiana”, esa red de acuerdos tácitos sobre cómo es el mundo y qué cosas importan en él que tejemos entre todos día a día. Rabiosamente inteligente, veía las cosas desde el envés, desde más allá de esa muerte que presentía tan cercana, y no compartió nunca el deseo de instalarse duraderamente en un empleo, de casarse o de echarse a cuestas una hipoteca para comprar un piso. En ese mundo de afuera se sentía gorda, tartamuda, desaliñada, imposible. En el suyo, en cambio, se veía llamada a ser la más grande poeta en lengua española de su época y debía por ello renunciar a distracciones como una relación amorosa duradera o el trabajo remunerado. No quiero amantes, pues desordenarían las horas de estudio. Tendrían que crearse burdeles especiales para mujeres-artistas, escribía en julio del 55.

Vista con malos ojos (ojos de antipoeta o de alienista), Pizarnik era una maniacodepresiva bisexual, que nunca conservó una pareja ni un empleo, que dependió de su familia tantísimo tiempo, que cuando trabajó de mecanógrafa no terminaba los encargos y además perdía los manuscritos (como es fama que sucedió con Rayuela). Afortunadamente su psicoanalista, León Ostrov, no la veía así y resistió cualquier tentación de arrastrarla hacia la execrable normalidad. Más bien la alentó en su dura labor de transformar en poesía el asedio continuo de la muerte.

Siempre confié en Alejandra -escribe Ostrov en el “Recuerdo de Alejandra” que encabeza la correspondencia entre ambos publicada a cuarenta años del suicidio de ella- Más allá de sus desfallecimientos, de sus abandonos, de sus renuncias, de sus angustias, de sus muertes -de su muerte- sabía yo que estaba salvada, irremediablemente, porque la poesía estaba en ella como una fuerza inconmovible.

Las citas textuales de Pizarnik están tomadas de Alejandra Pizarnik. Diarios. Edición a cargo de Ana Becciu, libro publicado por Lumen en 2003.

3 pensamientos en “Algo sobre Pizarnik

  1. La lírica “Alejandra Pizarnik” desborda y rebasa el poema. Sus palabras están desde hace tiempo en mi mesita de luz. Las retomo cada tanto. Abro el libro y leo algunas. Siento que comprendo su angustia, que en otro momento de mi vida podría haber acabado igual. Tuve la suerte de no ser tan genial. Sus poemas son y serán siempre una especie de puente para muchos de nosotros.
    Magnífica entrada.
    Un saludo.

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