El paladar de la cucaracha

La revista Science nos informa que las cucarachas han desarrollado una aversión al cebo azucarado del que nos valíamos para hacerlas comer veneno. La noticia se ha difundido en la red rápidamente.

No es aprendizaje. “Cambios en las neuronas gustativas”, dice el título del reporte original. ¿Será otro ejemplo de modificación epigenética? -pensé. Al leer el texto completo, entendí que no es así. Este es un caso de evolución por selección del más apto.

Hay en algunas cucarachas de la especie estudiada un gen que las hace percibir como amarga y no apetitosa la glucosa y, por lo mismo, las homocigotas para este gen tardan más en ganar peso y se reproducen más lentamente que las que no lo llevan. Las cepas genéticamente ávidas de glucosa se desarrollaban mejor y predominaban sobre las otras hasta que, en un intento por dejar de rociar de insecticida cocinas enteras, comenzamos a usar esas trampas como cajitas en las que se mezcla el veneno con un cebo dulce. Tras unos años de gran mortandad entre las cucarachas golosas, quedó el terreno libre para las que detestan el azúcar. La selección positiva, que antes del cebo envenenado favorecía a las devoradoras de azúcar, se volvió en su contra después.

Pero la novedad que estos investigadores comunican no es esa, porque las primeras noticias sobre el desprecio del cebo dulce aparecieron hace veinte años. Aquí lo que importa, lo que hizo que los editores de Science incluyeran el reporte en el podcast de la semana y en la colección de Neurociencias, es la descripción del mecanismo de una “resistencia conductual” al insecticida, de cómo se adaptan las neuronas gustativas de la cucaracha a un medio en el cual la glucosa es mortífera.

La cucaracha percibe los sabores gracias a pelillos llamados sensilas, distribuídos por todo su cuerpo, en los cuales están las neuronas gustativas. Las sensilas que contienen neuronas especializadas en percibir lo amargo están sobre todo cerca de la boca, así que los investigadores se concentraron en esa zona. Y encontraron que en las cucarachas que no comen glucosa son esas neuronas que naturalmente detectan el sabor amargo de los alcaloides tóxicos las que responden al azúcar.

Estos insectos han sido protagonistas de experimentos curiosísimos. “Son amables, no agreden, no muerden”, dice un entomólogo que ha investigado su conducta social. ¿Entonces, por qué repugnan? A mí no me gustan nadita. Las encuentro demasiado ágiles, veloces, desconcertantes, preparadas para derrotarnos en la carrera por el dominio del planeta. Por cierto, como ya nos explicó Nabokov (que además de novelista era entomólogo) en su conferencia sobre Kafka, el pobre Gregor Samsa no tenía ninguna de esas aptitudes, porque no se convirtió en cucaracha sino en algún tipo de coleóptero pesado y torpe. Una cucaracha, al no poder pasar por la puerta de la recámara, habría trepado por la pared en un segundo, sin esa dolorosa dificultad con que se movía Gregor. Y se habría bebido las sopas de leche.

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