El otro genoma

Nada más una de cada diez de las células de mi cuerpo es humana. Las otras nueve son bacterias. Las cuento como mías porque sin ellas no podría vivir. Las primeras llegaron desde el cuerpo de mi madre, al momento de mi nacimiento y con la primera leche. Habitan mi piel y cada espacio interno de mi cuerpo. Sin ellas, la absorción del alimento es paupérrima y el sistema inmune se vuelve loco. La combinación de especies que vive conmigo es única: nadie lleva una flora bacteriana como la mía y por eso nadie huele como yo, a nadie le sienta igual mi perfume preferido.

Noventa y nueve de cada cien de los genes que instruyen mi metabolismo pertenecen a los microbios que han vivido en simbiosis con la especie humana, evolucionando con ella, a lo largo de cientos de miles de años. Influyen en mi susceptibilidad (o resistencia) a las infecciones, a las enfermedades autoinmunes, al cáncer, a la diabetes y a la obesidad.
Las bacterias que componen la flora intestinal pueden incluso propiciar determinados estados afectivos, a través de mecanismos aún no dilucidados por completo pero que requieren de la transmisión de señales hacia el tallo cerebral a través del nervio vago. También pueden, hipotéticamente, llevarme a preferir determinados alimentos.

El interés en este campo es reciente. En 2007 se fundaron el MetaHIT (Metagenomics of the Human Intestinal Tract) en Europa y el NIH Human Microbiome Project en los Estados Unidos. Estos dos grupos de investigadores se dieron a la tarea de caracterizar el microbioma “normal” – y encontraron que cada cada rincón del cuerpo tiene su población peculiar, y cada persona su firma bacteriana propia. Los bebés, los adolescentes, los ancianos, las mujeres en edad reproductiva, llevan cada uno proporciones mayores de ciertas especies. Así que ahora se trabaja en relacionar determinadas combinaciones bacterianas con estados metabólicos (por ejemplo, cifras elevadas de azúcar o de colesterol en sangre) y con enfermedades como el asma, el cáncer de colon o la ateroesclerosis cardiovascular. Va abriéndose camino la idea del cuerpo humano como ecosistema, y también la preocupación por el daño que pueden causar en éste los antibióticos de amplio espectro, al provocar la extinción de especies bacterianas útiles.

En Retrato de grupo con señora, de Heinrich Böll, hay un personaje que me resulta muy simpático. Es una monja, bióloga y médica, que se ha hecho sospechosa ante la jerarquía católica de “Biologismo y Materialismo Místico”, por lo cual le prohíben enseñar en el internado de niñas en donde trabaja. Como tiene ascendencia judía tampoco la quiere el partido nazi. Sin saber qué hacer con ella, la superiora le ordena dedicarse a tener en orden las bacinicas y la ropa sucia de las niñas. ¿Humillada? Pues no. La hermana Raquel examina cada día con atención las evacuaciones de sus doce chicas, lleva notas, y aprende a predecir con exactitud el estado psíquico y el rendimiento escolar de cada una a partir del aroma y el aspecto de las heces.
Me parecía fantasioso cuando leí la novela por primera vez. Ahora, ya no. La hermana Raquel fue precursora del MetaHIT.

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