Ars memoriae

La primera vez que curioseé en los Diálogos de Platón, me pareció que eso de asistir a conversaciones larguísimas y relatarlas después, íntegras, era un mero recurso literario. Nadie podría recordar tanto, con tal exactitud.

Error. En aquellos tiempos en que no existía la imprenta y escribir era tan engorroso, la persona culta debía disponer de una especie de biblioteca virtual, grabada en billones de sinapsis neuronales y cuidadosamente fortalecida a lo largo de los años. Memorias formidables, capaces de codificar, almacenar y recuperar una lista de doscientos nombres o un largo poema escuchados una sola vez. Así nos lo relata Cicerón en su De Oratore. 

¿Cómo le hacían? Cicerón distingue la memoria natural, espontánea, de la “memoria artificial”, entrenada, que permite, por ejemplo, recitar la Eneida comenzando por el último verso. Ese entrenamiento consistía en una serie de ejercicios que, ahora lo sabemos,  permitían sacar el máximo provecho posible de las peculiaridades del hipocampo, bibliotecario del cerebro que recibe cada nueva experiencia y la guarda atendiendo a su cuándo, dónde y cómo.

Los neuropsicólogos de hoy nos dicen que se retiene mejor la información ligada a un determinado lugar en el espacio, a una secuencia temporal o a una emoción intensa. En los mamíferos, el hipocampo habría evolucionado para facilitar la navegación del territorio, con sus peligros, sus fuentes de alimento y sus sitios de abrigo. Esta función como de Google-Map biológico se descubrió en 1971, cuando se vió que el registro de la actividad de las neuronas del hipocampo de la rata respondía a los cambios en la posición en el espacio del animal. O’Keefe y Dostrovsky, los investigadores que diseñaron el experimento, le dieron un hermoso título a su publicación: The hippocampus as a spatial map. 

Volvamos a los tiempos de Cicerón. Los retóricos de entonces, según nos explica Frances Yates en The Art of Memory, recomendaban a sus estudiantes imaginar un edificio amplio e iluminado, preferentemente un lugar real, cuyos detalles arquitectónicos tenían que conocer a fondo. En las estancias, entre las columnas, el aprendiz de orador colocaba imaginariamente las cosas o las palabras que había de memorizar, y estudiaba su discurso recorriendo el edificio para recuperarlas. El memorizante había de procurar que los objetos depositados (muchas veces imágenes visuales vívidas que condensaban una situación o una historia) fueran o muy bellos, o feísimos, o terribles, para retenerlos mejor. Así, se ponía en juego a la vez al hipocampo izquierdo, experto en memoria asociativa verbal; al derecho, experto en memoria espacial, y a la amígdala, que interviene en la consolidación de los recuerdos del miedo y la emoción intensa. Cada reminiscencia quedaba muy firmemente codificada y consolidada, anclada a la memoria como palabra, como imagen visual y como vivencia afectiva. Para quienes mantenían en orden el palacio de su memoria, recuperar con sus detalles el discurso escuchado hacía unos días no era más difícil que para alguno de nosotros enumerar qué calles recorre al ir de la casa al trabajo.

El ars memoriae fue cayendo poco a poco en el olvido después de la invención de la imprenta. Y ahora, no sabemos hacer nada sin Google…

 

2 pensamientos en “Ars memoriae

  1. Pingback: La cura de los recuerdos enfermos | diasdeandar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s