Murakami, la cueva de Montesinos y el flotario

Toru Okada, el protagonista de la “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”, quiere entender lo que le pasa y baja a un pozo vacío a pensar; unas horas más tarde ha atravesado la pared del pozo para encontrarse con una desconocida en una habitación en penumbra. Don Quijote se hace descolgar por la boca de una caverna agreste, repleta de grajos, cuervos y murciélagos, para probarse a sí mismo en una nueva y extraña aventura.
Dentro del pozo, en oscuridad y silencio totales, no hay más que hacer que internarse en el laberinto de los recuerdos, que aquí abajo adquieren el relieve de los sueños más vívidos, relieve que pocas veces tiene la así llamada realidad. El tiempo se libera de sus ataduras al sol y a los relojes y anda a su gusto: los tres días con sus noches que Don Quijote pasa conversando con Montesinos y contemplando las maravillas que la cueva encierra caben en una hora de las de afuera.
Dos personajes literarios, oriundos de épocas y culturas lejanas entre sí, buscan el aislamiento, la oscuridad y el silencio… ¿para qué?
Para darse permiso de soñar sin cortapisas, diría yo. De darle a la memoria mucho espacio para jugar con sus recuerdos, libre del marcapaso de los estímulos externos. Un viaje al mundo interno voluntariamente emprendido, teniendo a la mano las cuerdas que los amarran a la superficie, sin peligro de llegar a la seria desorganización de la actividad cerebral que ocurre cuando la privación total de sensaciones se prolonga.
Los efectos de la privación sensorial se investigaron intensamente en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, años en que la guerra fría y la carrera espacial despertaron un gran interés en los riesgos psíquicos que corrían prisioneros de guerra y pilotos en condiciones de aislamiento. Se encontró que después de un período de 2 a 3 horas de encierro en el tanque de flotación (inventado ex profeso en 1954) los sujetos experimentaban alucinaciones auditivas, visuales y táctiles, que desaparecían al cesar el aislamiento.
Estos tanques experimentales dieron origen a los modernos flotarios, que prometen hacerte “volver al Nirvana original”, o, menos ambiciosamente, aminorar el dolor crónico, la tensión muscular y la ansiedad constante poniéndote a flotar en agua tibia, a oscuras, en sesiones de una hora.
Toru Okada tuvo que comprar la propiedad en la que estaba su pozo preferido, para asegurarse el acceso a la oscuridad y el silencio. En nuestros tiempos le habría bastado con comprar una cabina de flotación.

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